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José Luis Salinas

El truco oculto de los memes

Sobre cómo funcionan las imágenes virales

Es muy probable que el nombre de András Arató no les diga nada de nada. Lo conocerán seguramente por su cara. Tiene un rictus bastante peculiar, cuando sonríe parece que lo hace como de forma forzada. Tiene el pelo blanco, una barba a juego y muy probablemente lo hayan visto sujetando una taza con mensajes variados. Todo frases irónicas. Es un meme. El caso es que Arató existe de verdad, es un ingeniero eléctrico que tiene su residencia en Hungría y que allá por 2017 decidió posar para una sesión fotográfica. Esas imágenes se utilizaron como un recurso para webs de negocios, pero acabaron en las manos que no debían. Arató acabó por convertirse, muy probablemente en contra de su voluntad, en un meme.

¿Por qué esos mensajes cortos acompañados de una foto son tan populares? En la respuesta influyen tanto los factores colectivos como los individuales. Empezamos por las primeras. Para que un meme triunfe es esencial que responda a una serie de pautas comunes que, de alguna forma, apele a la sabiduría colectiva que hace ya muchísimos años intentó delimitar –con escaso éxito– Carl Jung. Aquella memoria colectiva se ha convertido en una cuestión cultural y en eso la globalización ha tenido mucho que ver. Es fácil –al menos, más o menos sencillo– que en España se entiendan los memes nacidos en Estados Unidos. Pero nos resulta mucho más complicado sacarle sentido a uno, por ejemplo, de Corea del Sur o China. Culturas diferentes, barreras insalvables.

Aunque parezca mentira, hay unos científicos de hasta tres universidades (la de Boston y la de Binghamton, ambas en Estados Unidos, y del University College de Londres) que estudiaron qué debía contener un meme para convertirse en viral. Llegaron a la conclusión de que era clave que se viera el rostro y la cara de una persona –descubrieron que el 84% cumplían este requisito–; también era relevante que la imagen revelara una emoción positiva. Ayudaba que la imagen fuera tomada en primer plano, que el mensaje que lo acompañara fuera breve, sencillo y directo.

Etimológicamente, el término meme lo inventó el biólogo inglés Richard Dawkins en su libro superventas “El gen egoísta”. Viene a significar algo así como lo que se imita. Según el biólogo, un meme se comporta de forma similar a como lo hacen un grupo de genes. Va variando en el tiempo, mutando y compitiendo con los demás memes del mercado.

El estudio de estos científicos asegura que los internautas comparten memes por una necesidad de gratificación. “Los memes pueden tener una función para conectar a los usuarios y para compartir emociones”, citan. La psicología del lenguaje asegura que el aprendizaje se realiza por imitación y las burlas de las que se alimentan los memes ayudan a entender el humor. Al fin y al cabo, prácticamente todo el aprendizaje se adquiere mediante la imitación, generalmente vicaria, es decir, viendo cómo se comportan los demás y ensayando ya solos ese comportamiento. Entender un meme es de los ejercicios más sencillos del mundo, solo hace falta haber visto un par de ellos. Su mecanismo es tan sencillo que trasciende clases sociales y que va más allá de la formación académica de quien está al otro lado de la pantalla.

Uno de sus pilares es que apela directamente a las emociones humanas. Van a atacar a donde más le duele al cerebro, a sus zonas más primitivas, las menos evolucionadas, aquellas que se han resistido con uñas y dientes –o mejor con neuronas grises y blancas– a los cambios evolutivos que, tan lentos como una tortuga, han ido moldeando la cognición. Por eso triunfan, como señala la conclusión del citado estudio, las emociones positivas. A casi nadie le gusta en su tiempo libre o de desconexión (que es cuando se consumen mayoritariamente estos memes) que le muestren una cara agresiva o triste. Lo que se quiere es ver a alguien alegre, porque además está comprobado y bien fundado que las neuronas espejo son unas trabajadoras natas y que se encargan –por imitación– de intentar copiar la conducta de los demás. Y, claro, es más agradable imitar a alguien que está contento que a alguien que está de dientes, enfadado.

El meme, al fin y al cabo, no es más que un viaje de vuelta a las cavernas donde nuestros antepasados pintaban para entretenerse y comunicarse, para que otros los imitaran. Para ser un meme. Al final, parece que tampoco hemos evolucionado tanto.

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