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Francisco García

Carbón y economía de guerra

Central térmica de carbón de Soto de Ribera. Silveira

Como el Gobierno sanchista quiso pasar por el más aplicado de Europa en el inicio del curso de los planes de descarbonización, fue el primero en demonizar las térmicas. Voces expertas avisaron que no hacía falta ir tan a prisa, que antes del cierre habría que atar bien las alternativas y las compensaciones. Pero el habitual suspenso quiso ser el primero de la clase, impuso el cerrojazo y se jactó de que con él se iban a acabar los malos humos.

Pero hete aquí que salta el conflicto en Ucrania, Putin se pone farruco con el abastecimiento de gas ruso a Europa y a Bruselas no le queda otra que instar a la recuperación del carbón para reducir la dependencia de la fuente energética del país invasor. Así, un soplido desde los Urales tumbó el castillo de naipes de Moncloa.

Por si alguien lo dudaba, estamos en guerra. No en conflicto armado a gran escala pero sí en medio de una convulsión internacional a cuenta de la invasión rusa de Ucrania, que se va alargando en el tiempo y que exige medidas de economía de guerra, como ocurre siempre en momentos históricos de convulsiones violentas. Dos de los preceptos universales de esa economía a la que obliga el estallido de las bombas incluso a países lejanos al enfrentamiento bélico son la implantación de medidas de ahorro del consumo energético y el favorecimiento de la autarquía. O sea, que la vuelta al carbón se antoja imprescindible para mover el engranaje imprescindible de la vieja Europa.

Si la guerra se alarga en el granero del Continente, la siguiente medida que impondrá la UE será incentivar la cosecha de cereales. Y la ancha Castilla se llenará de espigas verdes en lugar de las inevitables hoy plantas amarillas de la colza, tan generosamente financiadas por la PAC.

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