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José María Ruilópez

Desde Rusia sin amor

La invasión de Ucrania por Putin

En la década de los sesenta se estrenó la película “Desde Rusia con amor” de la serie británica de James Bond, con el agente 007 que encarnó el joven Sean Connery, un espía del Servicio Secreto Británico, algo así como el CNI español, pero en plan serio, eficaz, resolutivo y con una misión clara. Nada que ver con la chapuza que recorre los medios de comunicación nacionales estos días con un bochornoso enfrentamiento entre partidos.

Por otro lado, con esto de Rusia, quiero decir con la invasión de Ucrania por Putin, a la sazón dictador de todas las rusias y aspirante a genocida moderno, me acuerdo de la película “El doctor Zhivago”, basada en la novela del premio Nobel Boris Pasternak, ambientada en los primeros años del siglo XX, incluida la Revolución rusa de 1917 y la Guerra Civil Rusa, y rodada en España durante 1965, porque la novela estaba prohibida en la Unión Soviética. La película la produjo aquel millonario pequeño y regordete llamado Carlo Ponte, esposo de la exuberante Sofía Loren. Y uno de los secundarios era el actor Tom Courtenay, en el papel de un extremista bolchevique decidido a llevar a cabo cualquier atrocidad. Con un cierto parecido, en su proceder, al que fuera líder de Podemos Pablo Iglesias.

Viene de lejos ya este protagonismo ruso en la política mundial y ahora en la guerra de Ucrania, cuando el líder ruso está librando lo que otro genocida parecido, Sadam Hussein, llamó “la madre de todas las batallas” ante la invasión de Kuwait, que acabó ahorcado. Ahora Putin está en trance de enfangarse en una batalla que no sé si será la madre de todas las batallas, pero sí está destruyendo un país casi por completo: miles de muertos, millones de desplazados, hambre por todas partes, exilio de cientos de personas, Polonia como lugar más próximo de acogida de muchos de los que huyen del infierno en que ha convertido el territorio ucraniano a base de bombardear todo lo que se mueve y lo que está al alcance de los misiles rusos, y con la osadía, incluso, de amenazar a las capitales europeas más lejanas, llegando hasta Madrid.

Una contienda que está destrozando la economía internacional. Que estamos pagando de una forma u otra los ciudadanos europeos y de otros muchos países, porque la carestía del petróleo, la guerra del gas que procede de Rusia que ahora quieren dejar de comprarle para asfixiar su economía, la relación de España con Argelia a quien compramos el gas y que nos está rebajando el suministro, que tanto los particulares como las industrias se ven desabastecidos de algo tan importante, son los resultados de este conflicto en el corazón de Europa.

También Ucrania corta el gas que llega a Europa desde su territorio en este momento ocupado por el invasor ruso. A través de esa ruta llega la tercera parte del gas que abastece a la UE. Y la subida de la gasolina por el incremento del precio del petróleo, que está en escalada desde hace tiempo, ha obligado al gobierno a subvencionar con 20 céntimos el litro de gasoil en un gesto para aplacar la débil economía de los ciudadanos. Y está España como para “regalar” con una deuda externa en crecimiento, sobre todo durante la pandemia, que estábamos en el cuatro puesto de Europa en 2020, y ahora con una inflación tambaleante, como cogida con alfileres, y una deuda pública de 1.441.784,3 millones de euros.

Las guerras son bombas, misiles, una infraestructura, una intendencia que necesitan los ejércitos para funcionar, y todo ello creado por una mente maligna, que lleva 20 años al frente de Rusia, no solo mandando como jefe de estado, sino manipulando las leyes para eternizarse en el poder, amenazando a sus ciudadanos con penas de hasta 15 años de cárcel por mencionar el conflicto bélico contra el país vecino, censurando a la prensa libre que siempre es la primera en caer en las garras de los dictadores. Porque saben que la prensa tienen como una de sus misiones fundamentales el controlar a los poderes públicos para evitar desmanes, corrupciones. Y ahora en España (era lo que nos faltaba) espionaje a los partidos y las personas por parte del CNI. Y hay líderes, por llamarles de alguna manera, como un tal Rufián, con escasísimo bagaje cultural, que se permite increpar a la ministra de Defensa, Margarita Robles, que habrá tenido errores, pero es una Magistrada del Tribunal Supremo con 28 años de experiencia y una política reconocida y solvente. ¿Que así es la democracia? De acuerdo. Pero en las funciones de cada uno hay todavía categorías, y la palabrería no es el resultado de la inteligencia ni el ingrediente de los pensadores, sino una cierta bravuconería no exenta de mala fe, de un nacionalismo oportunista y de un patán (RAE: persona zafia y tosca) que balbucea ante un atril que le regala la democracia para ofender a “quien no le llega a los cordones de los zapatos”, como dijo hace poco el periodista Pedro J. Ramírez. Con estas rencillas internas se está perdiendo la ocasión para desplumar al gallito Putin y dejar a Rusia en un tercer plano dentro de la política internacional viendo quien la dirige; mientras los rufianes pretenden derribar a los robles.

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