Cuando despegó la televisión el pasado siglo, el medio era el mensaje, en expresión acuñada por el comunicólogo Marshall McLuhan con la que pretendía resaltar que el canal utilizado para transmitir una idea resultaba decisivo a la hora de determinar cómo se percibía. En la revolución de los teléfonos inteligentes, el ruido es el mensaje. Asistimos con la globalización de la conectividad a un torrente de notificaciones y avisos casi imposible de digerir por su volumen y que, según los expertos, magnifica lo superficial, empieza a distorsionar el comportamiento y modifica la capacidad cognitiva. Por si esto asustara poco, consolida además otras amenazas delictivas graves e imperceptibles en particular para los adolescentes. Un informe acaba desvelar la magnitud del problema en Asturias.

Los adolescentes de hoy pisan el universo digital casi más horas que el real. La vida alrededor, en el hogar o al pasear por la calle, se ha convertido en un deambular permanente de personas que dejaron de mirar al frente para hacerlo cabizbajas a la palma de la mano, mudando la expresión del rostro como orates y agitando compulsivamente los pulgares. No hacía falta ningún estudio científico para constatarlo, pero ahora lo tenemos. Un macrosondeo de Unicef en el que participaron 1.500 asturianos alerta de los riesgos insospechados que acechan a los menores de 17 años y la ingenuidad e inconsciencia con que los afrontan ellos y sus familias. La supervisión ante una inmersión masiva, intensiva y peligrosa está fallando. La advertencia no va de alegato contra las nuevas tecnologías, sino de su uso crítico, lúcido y seguro. La novedad del invento todavía no ha permitido generalizar las buenas prácticas.

Hace apenas un lustro todos mirábamos la pantalla un centenar de veces al día. Hoy lo hacemos casi trescientas. LA NUEVA ESPAÑA desgrana en su suplemento “Criterios” de este mismo ejemplar datos asombrosos de la encuesta que deberían incitar cuando menos a la reflexión colectiva. La práctica totalidad de los niños dispone de móvil y lo recibió a los 11 años. La mitad lo lleva al colegio y a la cama y habita más horas en la red que en clase. En España el uso de aplicaciones como WhatsApp creció un 76% durante el confinamiento. Si ya antes los jóvenes eran unos aventajados del entorno atractivo de Internet, la pandemia acabó por incrementar hasta el paroxismo su dependencia.

La combinación de esta fabulosa caja de resonancia con el exagerado culto imperante al hedonismo provoca resultados explosivos. Cada vez resulta más difícil abstraerse de las distracciones para llevar el intelecto a su máxima potencia, para concentrarse, cavilar y comprender pensamientos complejos. Los jóvenes confiesan acercarse a las redes porque les proporcionan alegría, placer y tranquilidad. La sociedad del clic requiere celeridad y respuestas rápidas. La del bienestar, felicidad inmediata. Ninguna de las dos exigencias es posible de manera permanente, y de creer lo contrario derivan gran parte de nuestras complicaciones. Los expertos alertan de un acuciante aumento de consultas a edad temprana por cuestiones de salud mental. Pero también de la psiquiatrización con alto grado de sufrimiento de otros problemas irreales, como la ansiedad ante un examen, la tristeza por una pérdida y la decepción tras un fracaso.

El aprendizaje para evitar el abuso y las exposiciones inadecuadas en Internet empieza en la enseñanza, además de en casa: por desgracia, cada reforma del sistema educativo lo obvia y pone el foco en allanar el aprobado

No hay pastillas contra la intolerancia a la incertidumbre y al esfuerzo, ni otra forma de evitar convertirla en patología que aprendiendo a manejarla. Lo fácil no es siempre lo mejor, ni lo conveniente. Luego aparecen otras distorsiones más tangibles de esta inédita y desconocida revolución de valores que fomenta la despreocupada navegación con el celular, como el secuestro de la intimidad, las estafas, el acoso personal y sexual, las extorsiones, las adiciones y el juego “online”. La culpa, en realidad, no es de nadie, salvo de quien aprovecha la coyuntura con fines maliciosos. La responsabilidad de atajarlo, de todos. Cualquier padre impide a sus pequeños merodear de madrugada por las calles, intercambiar confidencias con desconocidos, revelar datos íntimos a cualquiera o sumergirse sin precauciones en ambientes tóxicos. Lo autoriza en cambio sin pretenderlo cuando permite abrir de par en par esa ventana a lo conocido y lo desconocido, a lo útil y a lo perverso que es el móvil. La solución no consiste en prohibir un aparato imprescindible y verdaderamente provechoso, mal que le pese. Pero carece absolutamente de información y orientación sobre cómo fijar el límite. 

La instrucción para desenvolverse con prudencia, evitar el abuso y las exposiciones inadecuadas empieza en la enseñanza, además de en casa. En una escuela comprensiva, pero exigente, inclusiva a la par que impulsora del mérito. Por desgracia cada reforma del sistema educativo obvia aspectos cruciales como este y pone el foco en un progreso ficticio por la vía de allanar el aprobado. Así da igual el mundo real que el virtual: la mediocridad de la mesnada está asegurada, y la facilidad para manipularla también.