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Francisco García

El golfo del Pérsico

El añorado Paco Prendes Quirós estará componiendo ripios y humoradas en el más allá para conmemorar el regreso al más acá del emérito, que ha llevado su corte esperpéntica a la playa de Sanxenxo, mar de la intranquilidad para su hijo y nuera si al padre de la criatura le da por agitar con su presencia burlona las velas del barco del republicanismo, silente ahora pero siempre al acecho del cadalso de la guillotina regia.

Se ha visto al Bribón navegar por aguas gallegas, que ya no son jurisdiccionales de Feijóo, y la bribonada ha enervado, dicen los augures de la cosa dinástica, a los inquilinos de la Casa Real, donde cada paso descontrolado de Juan Carlos I deviene en un tropezón para su sucesor, cuyos esfuerzos por mantener a flote la monarquía chocan con las andanzas andorreras del golfo del Pérsico. Apelativo que para el madridismo del florentinato despechado el marido de doña Sofía comparte con Mbappé.

Para colmo de desdichas coronarias, los viejos aunque entusiastas republicanos asturianos –los jóvenes aún no han nacido, pues la izquierda española es antimonárquica de boca chica– celebraron este fin de semana el tradicional homenaje al oso regicida en el sitio de Llueves (Cangas de Onís), otra genial ocurrencia de Prendes Quirós que responde con ironía a la pregunta de la película de Tom Fernández, “Para qué sirve un oso”. Sirve para llenar Somiedo de turistas y para merendarse a un rey con cachelos. Lo que pasa es que Sanxenxo queda lejos de Los Ancares, donde de cuando en cuando se deja ver un ejemplar errante del plantígrado cantábrico.

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