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Fernando Granda

Juancarlismo o monarquía

El dilema español

Al subir al trono, tras el entierro del dictador, Juan Carlos de Borbón y Borbón recibió el apoyo de buena parte de los españoles y el rechazo de otra gran parte que no consideró esa transición conveniente. Para unos fue la aplaudida continuidad del régimen franquista y para otros la frustración de un futuro democrático. El mismo día de su toma de posesión hubo manifestaciones en contra, peticiones de ruptura con la política anterior y detenidos como consecuencia de las mismas. La situación no había cambiado nada porque el nuevo jefe del Estado había jurado fidelidad al régimen instituido por el general Franco el 23 de julio de 1969, en una sesión solemne como sucesor a la Jefatura de Estado ante las Cortes, más de seis años antes de su toma de posesión.

La situación política apenas cambió y los españoles siguieron sufriendo las penalidades de una falta de libertad con los mismos políticos franquistas y alguna cara nueva que apenas alumbraba una mínima apertura democrática. El mismo jefe de Gobierno, igual falta de libertad de prensa, de manifestaciones, de sindicación, ni atisbo de convocatoria democrática. Pasaron casi dos años para alcanzar las primeras elecciones por sufragio universal.

A partir de la llamada a las urnas organizada por Adolfo Suárez, segundo jefe de Gobierno elegido por Juan Carlos I, se empezó a especular sobre el futuro de la monarquía en España, tras años de conjeturas y teorización sobre su continuación. Legalizados los partidos políticos y regresados muchos de los exiliados, intelectuales republicanos alcanzaron escaño en el Parlamento. Y se continuó hablando de ruptura o reforma.

Volvió a especularse sobre si los españoles habían asumido el nuevo régimen, si había más o menos monárquicos, si habían aumentado o disminuido los republicanos. Sondeos teóricos comenzaron a hablar de monárquicos y de juancarlistas. Para unos había crecido el número de monárquicos pero para otros había nacido el de partidarios de Juan Carlos, simpatizantes de la política seguida por el monarca sin declararse monárquicos. La Transición Española fue exportada al mundo como modélica y se atribuyó su autoría y se fue resaltando que era fomentada y apadrinada por el rey. En la propaganda parecía que los políticos y los españoles en general se dejaban llevar, eran meros espectadores de la decisión real. Y el monarquismo parecía convertirse en juancarlismo.

Consolidada la democracia y disminuida la presencia real en los actos políticos, comenzaron a “comentarse” las presuntas aventuras personales de Juan Carlos I. El silencio especulativo y la entente informática sobre sus actos impidieron que se fuesen conociendo acciones económicas, aficiones lúdicas y devaneos sentimentales. Una agenda bien llevada parece que impedía la aparición de fallos. Hasta que la confianza sobrepasó las cortinas de la confidencialidad y llegaron las realidades. Negocios, aficiones y amoríos saltaron a los medios y la abdicación fue obligada.

La especulación sobre la continuidad de la monarquía volvió a la palestra y el seguimiento al nuevo rey y a su heredera pasaron a un primer plano. Al mismo tiempo el juancarlismo fue decayendo sin que su energía se traspasase íntegramente al felipismo, que ha adquirido cuerpo pero parece que sin llegar al entusiasmo de los admiradores de su predecesor. El nuevo monarca va ganando terreno a base de acciones tendentes a desligarse de la trayectoria de su padre, proclamar la transparencia y procurar un ejercicio estricto del cargo. Claro que el peso especulativo de las acciones personales del “emérito” pesan mucho en el dilema entre monarquía y república. Por eso, ante la vuelta del exrey, tras un amago de informal referéndum sobre el modelo de sistema político (monarquía o república), ahora aparece la campaña de la autodenominada Concordia Real Española (CREE), colectivo monárquico que busca blanquear la figura del anterior regidor estatal. En esas estamos.

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