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Melchor Fernández

Caballo al verde

Melchor Fernández

Ni un pueblo sin un chigre

La creciente falta de lugares de socialización en el medio rural es una de las causas de la crisis demográfica asturiana

Hace unos días mi caballo –¿se acuerda alguien de él?– me preguntó de pronto por qué no volvía a sacarlo al verde. No era una noche de verano, como manda la canción, sino un precioso día de primavera, en el que una atmósfera límpida subrayaba con el esplendor exacto de lo verdadero la belleza de los alrededores de mi pueblo. Desde las cercanías de Cocañín contemplaba, abajo y enfrente, el valle de la Hueria, identificaba sus pueblos, dejaba resbalar la mirada por los prados, me recreaba en el renacer estacional de castaños, robles y hayas y admiraba la eclosión colorista de espineras y frutales. A este goce lo limitaba, sin embargo, una necesidad cada vez más acuciante: me moría de sed. Llevaba más de dos horas caminando, gran parte de ellas cuesta arriba, y el gasto de energía y el derroche de sudor me habían sorprendido sin la necesaria provisión de bebida. Había pasado junto a algunos lugares –lavaderos públicos, sobre todo– en los que corría tentadoramente el agua, pero me había resistido a ceder ante la tentación. Tiendo a hacerlo desde que leí la “Topografía Médica de San Martín del Rey Aurelio”, con la que José María Jove Canella, que ejercía de médico en El Entrego, había ganado en los años veinte del siglo pasado un prestigioso premio nacional. Don José María decía en esa obra que, en la época en que la escribió, la principal necesidad de los pueblos del valle desde el punto de vista sanitario era una traída de aguas, porque permitiría controlar la pureza de la que salía del grifo. Su experiencia, basada en estudios propios y ajenos, le decía que muchos de los manantiales de los que se abastecía la población de la zona estaban contaminados por las deyecciones de los animales domésticos que pastaban en los prados y esa contaminación era la que provocaba la mayoría de las infecciones que afectaban a la población, no pocas de efectos graves. Y esa clase de líquido podía ser la que se me ofrecía a la vista.

Tal como suponía, con fundamento basado en la experiencia, no llegué a encontrar un chigre donde me pudieran vender una botella de agua. Tampoco llamé a la puerta de ninguna casa para que me dieran un vaso, que me lo hubieran dado con toda seguridad. Por encima de lo que pudiera reclamar mi sed, en mi mente empezó a reclamar protagonismo el problema de la falta de chigres en nuestro mundo rural.

La importancia del chigre. Me acordé, por ejemplo, de aquella visita a Berodia, en Cabrales, hace ya algunos años, en la que entré en conversación con un hombre mayor. Me contó que él no era de allí, sino de Asiegu, en la ladera de enfrente del profundo valle que separa el Cuera de los Picos. Su mujer había perdido la cabeza y una hija, casada en Berodia, los había llevado para su casa. Le comenté que estaría encantado, pues Berodia es una aldea preciosa. “Sí, home, sí”, me dijo, pero sin ocultar un punto de desencanto. “Ye muy guapo. Pero tien un problema muy grande: nun tien chigre”. Unas semanas después pasé por Asiegu y pegué la hebra con otro hombre mayor. Y en la conversación salió el nombre de la persona con la que había hablado en Berodia. Mi interlocutor reaccionó inmediatamente para mostrar que estaba al tanto del problema y que no era precisamente pequeño. “Probe. Ta aburríu. Allí nun tienen chigre”.

El despoblamiento del mundo rural repercutirá en uno de los rasgos fundamentales de Asturias, el paisaje humanizado, que se desmoronará para ser sustituido por el reino del matorral

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Y es que un chigre es para los habitantes de un pueblo pequeño y aislado mucho más que un sitio en el que satisfacer necesidades elementales. Antes a la taberna de un pueblo se le podía atribuir una amplia gama de posibilidades, en uno de cuyos extremos estaría la de ser antro de perdición. Ahora ha pasado a ser, sobre todo, un lugar de encuentro, el sitio al que acuden las personas para conversar, intercambiar noticias, practicar entretenimientos. Es, dicho algo pomposamente, un centro de socialización en el que se puede combatir y vencer la soledad, uno de los problemas principales con que se enfrentan las personas que viven en el medio rural.

Tener chigre en el pueblo es un aliciente para quedarse. También para que los de fuera puedan acudir de visita. Lo sabe muy bien Ana Paz Paredes, que ha hecho, y sigue haciendo, en este periódico un precioso inventario de estos establecimientos rurales que los ha puesto en el mapa. Entre los más destacados se encuentra, sin duda, un establecimiento de Asiegu: “Casa Niembro”. Este bar centenario es una verdadera institución que ha sabido encontrar el impulso necesario no ya para resistir sino para dar un ejemplar salto hacia adelante. Gracias al medio de vida que habían creado y sostenido sus antecesores, Javier y Manuel Niembro, sus actuales dueños pudieron llegar a la Universidad y licenciarse, concretamente, en Geografía, pero, en lugar de aprovechar esa cualificación para marcharse, como hacen –hemos hecho– tantos universitarios, decidieron quedarse y utilizarla en provecho de su negocio y de su pueblo. No solo acertaron al adaptar su bar a los nuevos tiempos sino que también, y sobre todo, al mostrar a los visitantes cómo y por qué su pueblo es como es, convirtieron sus conocimientos en un aliciente turístico de éxito. Que ello repercutió favorablemente en Asiegu está a la vista, pues ha supuesto la creación de puestos de trabajo y ha ayudado a fijar población, pues esta localidad cabraliega no solo ha retenido a los nativos sino que ha sido capaz de atraer como residentes a asturianos de otros lugares, así como españoles de otras regiones e incluso hasta extranjeros. Asiegu se ha convertido en un ejemplo para la Asturias rural y entró en la más estricta lógica que hace dos años fuera distinguido con el premio como pueblo ejemplar que concede la Fundación Princesa de Asturias.

¿Hasta qué punto es exagerado atribuir ese éxito a la existencia de un chigre? Sea cual sea el porcentaje, la influencia es segura. Como es seguro también que la existencia de esta clase de establecimientos se ha convertido en una necesidad acuciante para luchar contra el despoblamiento del mundo rural asturiano, cuyos efectos serán mucho más graves que la simple mengua demográfica, con ser esta muy grave, pues repercutirá incluso en el mismísimo aspecto de Asturias, uno de cuyos rasgos fundamentales, el paisaje humanizado, se desmoronará para ser sustituido por el reino del matorral.

Sobre la amenaza de ese peligro enorme –sí, enorme, porque puede afectar incluso a la relación afectiva de los asturianos con su tierra– vienen clamando desde hace algún tiempo voces autorizadas. El último aldabonazo lo daban hace pocos días los firmantes de la “Declaración de Monteagudo”, personalidades de esta región que, desde distintas ejecutorias vitales, conocen perfectamente el campo asturiano. En esa declaración proponen un amplio abanico de medidas para combatir el despoblamiento rural. Una de ellas, la vuelta de los chigres a los pueblos. No llegan a decirlo con todas las letras, pero de su proposición puede extraerse un lema: “Ni un pueblo sin un chigre”. Puede sonar como algo provocador. Pero lo importante es que refleja una urgente necesidad, como tantas otras que requiere ese despoblamiento de nuestras aldeas, que hace tiempo que ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una lacerante realidad.

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