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Josefina Velasco

Los revueltos días de mayo de 1808

Ante el aniversario de la declaración de guerra de Asturias a Napoleón

El primer capítulo de la serie de lo que sería una larga contienda finalizaba en la capital asturiana el 25 de mayo de 1808 con una sonada declaración de guerra a Napoleón, la petición de ayuda a Gran Bretaña, antaño “pérfida Albión”, reclamación de levantamiento nacional, convocatoria de Cortes y asunción de la soberanía ausente del deseado Fernando VII a la postre indeseable. La Junta General se transformaba.

Hasta allí se llegó porque las cosas no andaban bien desde hacía tiempo en las tierras de la monarquía. Los desacuerdos en el seno de la familia de Carlos IV, la ambición incontenida del favorito Godoy, las conspiraciones del heredero Fernando y el indisimulado afán expansionista del corso emperador Bonaparte se confabularon para meter a la Península en un conflicto bélico de dimensiones épicas hasta 1814. Dejar pasar a las tropas francesas para, en teoría, dominar al vecino Portugal y evitar una invasión británica fue una irresponsabilidad que habría de pagarse cara.

Cuando los soldados napoleónicos tomaron posiciones en varias capitales de España, el descontento popular fue en aumento. Preocupaban los extranjeros armados en suelo nacional. Asturias estaba alejada de la ocupación amistosa, pero las noticias que llegaban alarmaron a los patriotas. Muchos vástagos de familias pudientes estudiaban en Madrid y otros trabajaban en la Corte. Aunque no tan rápido como hoy, nada de lo que pasaba fuera era ajeno aquí. En marzo, tras el motín de Aranjuez, se apoyó el alzamiento al trono de Fernando. En Oviedo, sede de las instituciones principales, Audiencia y Junta General con su Diputación, el retrato del Príncipe de Asturias se paseó por las calles de la ciudad desde el salón de la Diputación hasta la Universidad el 31 de marzo de 1808 con gran boato. Cuando el 3 de mayo se reúne la Junta General, las circunstancias habían cambiado en el reino y la invasión era un hecho, aunque aún no se sabían los sucesos de Madrid ni la partida de la familia real a Bayona.

En Gijón, villa comercial con puerto activo y gran poder, el cónsul francés Lagonier ensalzó en público la causa imperial para el futuro próspero de España. Tuvo que huir para salvar su vida, al verse envuelta la villa, entre la calle Corrida y el puerto, en un alboroto en el que la multitud se alzó ante la afrenta hecha a la nación por el “petimetre”, otro más de los que ya poblaban la geografía nacional. Era el 5 de mayo. Conocidos los sucesos de Gijón, los ánimos en Oviedo se caldearon. Y en este estado se llega al 9 de mayo cuando el correo de la Corte trae a primera hora información de lo acaecido en Madrid el día 2. Desde el balcón de la casa de correos cuentan lo que pasó: el valor de Daoíz y Velarde, del asturiano artillero Juan Nepomuceno Cónsul, del pueblo en armas y de las muertes y matanzas injustas de los invasores. Se forman corrillos, se amontona la gente y las calles de Cimadevilla y adyacentes son un hervidero. Se dice que a la Audiencia han llegado órdenes cursadas por Murat, duque de Berg, la autoridad máxima designada por Napoleón, y legitimada por las abdicaciones reales de Bayona. La Audiencia se ve obligada por sus funciones a cumplir las órdenes que exigen se conserve la tranquilidad y se desarme a la población para evitar altercados; se repriman las revueltas y se sancione a los revoltosos. La lectura y publicación del bando oficial cerca de la fuente de Cimadevilla es imposible. Junto con Ramón del Llano Ponte, el conde de Peñalba o el médico Manuel María Reconco el pueblo rechaza que “se pretenda hacernos esclavos de Francia”. Gracias a la intervención del juez de la ciudad José María García del Busto, al Obispo, a los coroneles Acevedo y Antayo, al procurador general Gregorio Jove y algunos diputados de la Junta logra contenerse el desbordamiento popular en el que destacó la presencia femenina de Joaquina Bobela o después de María Andallón. Los estudiantes y los obreros vizcaínos de la fábrica de armas del Fontán se apoderan de los fusiles de los almacenes y se suman a la refriega. La turba se manifiesta por la calle nueva Altamirano hacia el Campo San Francisco y allí hacen pedazos las órdenes oficiales en señal de repulsa. Para mantener el orden se forman patrullas de vigilancia, aun con los ánimos calientes. La recepción del mismo bando en Gijón provoca igual algarada. Un gentío impide que se lean las órdenes de Madrid y vuelve la participación femenina a ser protagonista, pues una mujer de “Encima de villa” espolea los ánimos con un “soldados que os venden”. Los rumores dicen que “iguales son los sentimientos de toda la provincia”.

Recreación en Oviedo del levantamiento contra los franceses. | LNE

Así las cosas concurren el día 9 a la Junta General en la tradicional sala capitular de la Catedral lo que hoy llamaríamos fuerzas vivas de la sociedad, pues, además de los procuradores, hay delegados de los gremios, universitarios, cabildo, párrocos, militares, y a las puertas el pueblo exaltado. El fuego enardecido contra los invasores alteró los ánimos de los más templados, con el orgullo astur por bandera, tal como si nunca fuera tan grande el amor por la patria chica como cuando se defiende la grande. Algunos militares hacen ver que Napoleón cuenta con un ejército invencible y retarle es una temeridad. En debate acalorado resuena la soflama famosa del veterano y rico marqués de Santa Cruz de Marcenado: “La tierra que pisamos quisiera yo se abriese en este instante y nos tragase a todos para que se sepultase tanta cobardía… (promete luchar hasta el fin) y la posteridad sabrá que hubo un asturiano leal y bizarro que murió resistiendo solo la invasión de este noble suelo”. Se le suman otros. Hasta el juez García del Busto, hombre de gran ascendiente, reconoce que “no siendo hombre de armas… prefiere arrostrar la muerte antes que la ignominia de la esclavitud”. Apela a Pelayo, a la Cruz de la Victoria y a todos los símbolos para levantar contra el tirano a la Península y a toda Europa con tal de “ver derrocado al coloso”. Y la Junta acuerda mantener la quietud pero preparar un ejército y enviar emisarios a las provincias limítrofes. El gentío abarrota el claustro y aledaños cuando acaba entrada la noche. En la Junta del día 13 hay discrepancias en cuanto a la formación de un ejército grande en una tierra pobre y de pocos brazos; temen otros la reacción del gobierno central, intenta la Audiencia reconducir la situación a la paz y la obediencia. Para vencer la exaltación popular han de imponer algunos cargos su ascendiente sobre los vecinos. Se sabe que un batallón viene a restablecer el orden y castigar el motín. Corre la voz de las represalias que habrá; se fijan nuevas órdenes bajo el arco mayor de la plaza del ayuntamiento. Todo exalta. La gente se divide ya entre leales y afrancesados. Del 13 al 23 de mayo la actividad es febril. Nuevos protagonistas de aquel guion se incorporan a los hechos como el joven vizconde de Matarrosa, José María Queipo de Llano, que regresaba del Madrid en armas, o el nuevo procurador general electo Álvaro Flórez Estrada. Reuniones clandestinas se van sucediendo, junto con anuncios de detenciones y represiones previstas. Pero los patriotas planean tomar la fábrica de Armas, controlar las plazas principales, tocar a rebato las campanas de la Catedral, iglesias y monasterios y poner en acción columnas ciudadanas en Otero, San Cristóbal y otros lugares. Destituidas y bajo vigilancia las autoridades contrarias al alzamiento procede la Junta General a reconvertirse en soberana. Los ecos de la guerra todavía estaban lejos. La rebelión entraba en escena.

Aquella guerra, en la que “lucharon españoles, ingleses, portugueses, polacos, franceses y mamelucos egipcios”, llamada de la Independencia, dejo pobreza extrema, enfrentamientos internos; una revolución de la que el mayor logro sería la primera Constitución Española de 1812, “La Pepa”. Quedaba la polarización social, la reacción, la militarización de la política, los tumultos como forma de acción, la división interna de una “España a garrotazos” en los trazos maravillosos de Goya. Y un final con dos exilios: el de los afrancesados tras el rey José I y el de los liberales a la vuelta de Fernando VII instalado el absolutismo. El viejo régimen agonizaba, pero la construcción del Estado sería difícil en un siglo XIX de comienzos sangrientos.

[Ramón Álvarez Valdés. “Memorias del levantamiento en Asturias en 1808”. Junta General del Principado de Asturias, 2009. Colección Relatos de los Protagonistas, III]. Mañana, 25 de mayo, programa el Principado de Asturias actos de recuerdo a este hecho con una mesa redonda sobre “La significación histórico-política del 25 de mayo” con José María Fernández, Ignacio Sarasola y Marta Friera, además de un alarde a cargo de ARHCA y la intervención de autoridades.

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