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Francisco García

Paisanos para hacer país

Jose Luis Alonso , pastor de Gamonéu Miki López

Habitamos la aldea global, certifican dilectos pensadores sin caer en la cuenta que la globalidad es eminentemente urbana e industrial y no aldeana y sujeta a los rigores del sector primario. Calificar de aldea al conjunto de la realidad se antoja una carajada lingüística que luce mucho en la cabecera de página de un ensayo pero que supone una contradicción cuando no un insulto a las buenas gentes del campo, a las que la globalidad y sus engranajes económicos se empeñan en conducir prácticamente a la extinción.

Por definición son ciudadanos quienes habitan en las ciudades; sin embargo ninguneamos a los paisanos sin caer en la cuenta de que, etimológicamente, a ellos les compete hacer país. Con la peculiaridad de que la labor y el manejo tradicional del paisanaje han logrado cincelar otra palabra de idéntica raíz: el paisaje, cincelado durante siglos por medio de una magna labor de orfebrería territorial sin parangón. Los arquitectos edificaron las ciudades; la arquitectura paisajística del medio rural, sin embargo, no se aprende en las facultades sino que responde a un saber ingente transmitido de generación en generación que en estos momentos corre el riesgo de perderse.

Reflexionaba días atrás el maestro de periodistas Melchor Fernández en este periódico que cuando cierra el chigre se muere el pueblo. También muere el pastor cuando el lobo le hinca el diente a la última oveja; y muere la cabaña cuando se prohíbe recolectar leña para atizar el fuego. Y con la cabaña del puerto se firma el acta de defunción del queso.

Como humanos somos humus, de la tierra venimos y a la tierra vamos. De la que se cultiva y de la cual nos alimentamos. Que alguien la siga labrando es cuestión por tanto de supervivencia.

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