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Opinión | Más allá del Negrón

Víctimas del Pegasus

Todos estamos expuestos a los modernos sistemas de espionaje, no solo los políticos

Víctimas del Pegasus

Víctimas del Pegasus

A mí también me espían. Y a usted. Y a todos los que nos conectamos a la red. No creo que sea con el sistema Pegasus. Está reservado para los vips. Es demasiado caro para lo poco interesantes que son nuestras anodinas vidas. Pero, como todo, no tardará en popularizarse. No tardaremos en tenerlo disponible a un precio razonable en la Apple Store o en la Google Play Store. Y lo podremos usar para juguetear, pero también para ver qué se cuece en el teléfono de la pareja, del jefe o del profesor. Y ellos lo podrán usar para ver qué se cuece en el nuestro.

Internet fue creado con fines militares y ahí andamos todos enredados como si fuera un arma inofensiva. Igualmente, Pegasus fue creado, según la empresa distribuidora, para “prevenir el crimen y el terrorismo”. Y ahí está ahora al alcance de la mano –en teoría solo para organismos oficiales– por un precio estimado por la prensa norteamericana en medio millón de dólares la instalación y 600.000 más por un lote de diez teléfonos espiados. Si está interesado no se preocupe, porque bajará. El primer teléfono móvil costaba lo que hoy serían 8.000 euros.

No sé cómo se las arreglarán Pedro Sánchez o el CNI con la seguridad en internet, pero, a juzgar por lo que se ha sabido, mal, muy mal. Igual que todos nosotros. A mí mismo, me hackearon hace unos años. Fui tan ingenuo que pinché donde no debía. Me pidieron una pasta para devolverme todo el contenido de mi portátil. No pagué. Y me quedé sin todo lo que tenía acumulado en el disco duro desde que empecé a utilizar el ordenador allá por la prehistoria. Un drama, porque, confiado que es uno, no había hecho ni una triste copia de seguridad, ni tenía ni un mísero mega en la nube. Como si me hubieran quemado la casa con todos los objetos almacenados a lo largo de mi vida. Hubo que empezar de cero.

Me gustaría saber cómo se las arreglan Pedro Sánchez, el CNI o incluso Villarejo con las contraseñas. Es un problema serio el de los pins o los passwords, esa especie de santo y seña contemporáneo. Son demasiados para recordarlos. El del móvil, el de la alarma, el del banco online, el del cajero, el del supermercado online, el de Amazon, los de las redes sociales, las de la infinidad de webs que usamos. Nos recomiendan que no usemos siempre la misma, que sería lo cómodo, que no usemos conceptos evidentes (año de nacimiento, nombres de mascotas, iniciales...), que no las tengamos apuntadas en el ordenador. Y, por si fuera poco, que incluyan letras mayúsculas, minúsculas, números, signos ortográficos... Un jeroglífico, como la contraseña que nos ofrece Movistar para el wifi. Si supiera, crearía un archivo encriptado, pero lo más probable es que acabe por anotarlas todas a mano, por orden alfabético, en un papel y esconderlo entre las páginas de un libro, que seguramente olvidaré.

Un ejemplo. Llevo meses peleándome para acceder a Facebook. He cambiado tantas veces la contraseña –no se puede repetir–, que ya no sé cuál es la última. Inicié todo el proceso de restablecimiento y, tras fracasar en una decena de pasos, me piden que les envíe una foto de mi DNI con la promesa de que la destruirán en el plazo de un mes. ¿Usted se fiaría de la palabra de Facebook, sabiendo las tropelías que ha cometido vendiendo datos de usuarios?

Mientras escribo, no para de asaltarme en la pantalla un anuncio que me pide elegir entre navegar seguro o exponerme al naufragio de un ciberataque. Estoy seguro de que pinche lo que pinche me entra un virus. Cada vez me creo más la leyenda urbana de que las propias empresas de antivirus crean los virus para obligarte a comprar su protector por el precio de suscribirte a un periódico.

Sánchez y el CNI deberían leer “Privacidad es poder”, de Carissa Véliz. La autora sostiene, por activa y por pasiva, que “es fundamental que se regule la actividad de las grandes tecnológicas”, porque “se ha normalizado la vigilancia, la difusión de noticias falsas y del clickbait” e, incluso, “se han comprometido nuestros procesos democráticos”.

No quisiera caer en el neoludismo, ese síndrome al que dio nombre el operario Ned Ludd, quien en el siglo XVIII se dedicó a destruir máquinas textiles en protesta por el desarrollo. Y la recomendación de Ray Bradbury –“Seguid mi consejo y apagad todos los aparatos”– me parece un poco radical. De momento, me conformo con que Sánchez y el CNI dejen de jugar con el Pegasus y se tomen más en serio la seguridad nacional, empezando por la de cada uno de nosotros.

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