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Eduardo Ciordia

Revolución solar

De las comunidades energéticas al “renovables sí, pero no así”

A nadie se le escapa que la energía, con permiso de virus y bacterias, es una de las grandes incógnitas para nuestra supervivencia. Y se hace aún más evidente cuando el estruendo de las bombas vuelve a recordarnos el peso de las cadenas del gas y del petróleo.

Ante semejante poder global, ¿es posible que un ciudadano de a pie deje de ser un consumidor pasivo de energía y se convierta en protagonista activo? ¿Está dispuesto el individuo actual a que ese cambio total de actitud se ponga al servicio de su barrio, su pueblo o su ciudad?

Los aventurados en la conquista de un mundo libre de combustibles fósiles, los más comprometidos, tienen claro que sí. Están convencidos de que el beneficio no solo será ambiental sino que tendrá un amplio retorno social y generacional.

En esta particular revolución que se vive dentro del movimiento de las comunidades energéticas locales, la figura legal creada para ello, se apuesta por valorar el entorno y los recursos cercanos para conseguir el autoabastecimiento, un consumo sostenible y una vida digna.

Hay pueblos que recuperan las minicentrales hidráulicas y las cooperativas rurales que encendieron sus primeras bombillas hace poco más de cien años. Hay ciudades y polígonos que agrupan sus mejores tejados para sumar potencia solar o municipios que se preparan para usar el viento o los residuos forestales y animales en la producción de electricidad o biogás. Aras del Olmo, en Valencia, por ejemplo, ya es la primera localidad española en cubrir con renovables toda la demanda de sus 370 habitantes.

En España existen hoy 33 comunidades energéticas, muy lejos de las 1.750 en Alemania, 700 en Dinamarca y 500 en Países Bajos, según el último estudio de PwC. Para acortar distancias, el Ministerio de Transición Ecológica quiere llegar a 1.200 comunidades y a medio millón de techos solares a finales de 2023. Para ello ha destinado cien millones de euros.

Mientras tanto, la Comisión Europea disminuye la dependencia de Rusia y aumenta la reducción de emisiones hasta al 55 por ciento para finales de esta década. Y España abre el ciclo inversor más ambicioso de la historia del sector con el propósito de que tres cuartas partes de la generación eléctrica en 2030 sea energía renovable.

Pero no todos piensan igual, muchos vecinos del rural tienen dudas y salen a la calle bajo la pancarta “renovables sí, pero no así”. Agrupados en más de 150 asociaciones y plataformas, sospechan de la sombra especulativa de los poderosos tras la avalancha de plantas solares y parques eólicos que quieren invadir sus territorios. “No parece buena idea dejar un cambio tan trascendental en manos de los mismos que nos han traído al borde del abismo y que nos recuerdan en cuanto pueden que nuestras vidas están en sus manos”, escriben en la revista de la Sociedad Española de Agroecología.

Protestan porque ese no es el modelo para una transición justa que debe basarse en fomentar el autoconsumo, el ahorro, la proximidad y la generación distribuida en comunidades energéticas que refuerce la participación ciudadana. Denuncian que los proyectos de gran escala pueden devastar el paisaje y la biodiversidad. “No son molinos, son gigantes”, advierten en alguno de sus carteles llamando a la movilización.

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