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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

Mascarilla y libertad

Protegerse de la enfermedad es un derecho, aunque no sea obligatorio

Pablo García

Criticones, meticones, importosos. Son las tres palabras de mi infancia en el pueblo que se me vienen a la mente para definir a aquellos demasiado preocupados por lo ajeno y poco por lo suyo. Aquellos a los que salta a primer golpe de vista la paja en el ojo del de enfrente y son miopes con la viga en el propio. Aquellos que padecen el síndrome bautizado certeramente por José Mota como “la vieja el visillo”. Aquellos que deben de tener tan pocas preocupaciones que se dedican en cuerpo y alma al prójimo, no para ayudarle, sino para juzgarlo.

Viene esto a cuento de la extendida costumbre de criticar a aquellos que siguen llevando mascarilla pese a que ya no es obligatorio. Por la calle se les mira raro y en las puñeteras redes sociales se les denigra. ¿Vosotros entendéis a esos que hacen deporte con mascarilla? ¿Qué me decís de los que pasean por el parque con mascarilla? ¿Es que la gente no sabe que la mascarilla no sirve para nada al aire libre? Son frases entresacadas de Twitter, donde triunfa el hashtag “Las mascarillas se queman”. Incluso hay toda una campaña ahora para suprimir la obligatoriedad en el último reducto: el transporte público. De momento y por fortuna, aún no se han levantado voces para que no sea preceptivo llevarlas dentro de hospitales y centros médicos. Algunos ilustres columnistas, prescriptores de qué debemos hacer y qué no, sostienen que con las mascarillas nos han aborregado. Mejor informados que nadie, han llegado a escribir: “La conclusión de que ninguna evidencia científica respalda el uso generalizado de mascarillas contra el covid es hoy sólida”. Tachan de “superstición”’ su uso. Incluso alguno ha presumido de negarse a portar la protección cuando era obligatoria.

El fin de la obligatoriedad del tapabocas, parece obvio, no quiere decir que no se pueda llevar. Cada cual es libre de hacer lo que quiera con su cara. O con su cabeza, como los chavales que han decidido ir con capucha hasta con 30 grados. Cualquiera diría que necesitamos una rebelión, como la del motín de Esquilache, para desenmascarar a los enmascarados que, con su embozo, ponen en peligro nuestra seguridad.

Como pequeños dictadorzuelos, tendemos a imponer a los demás lo que a nosotros nos parece pertinente en nombre de una libertad que denegamos a los otros. ¿A dónde va ese con mascarilla?, oímos ahora. Igual que antes las brigadas ciudadanas delataban al disidente: ¿a dónde va ese con la mascarilla por debajo de la nariz?

Un estudio de economistas del FMI ha demostrado que durante los 669 días en que fueron obligatorias las mascarillas en Estados Unidos se salvaron 87.000 vidas. En España, se calcula que 30.000. Por no hablar de los contagios y hospitalizaciones que se han evitado. Por si fuera poco, enfermedades como la gripe, la bronquitis, o la bronquiolitis infantil han disminuido significativamente durante la obligatoriedad de la mascarilla y han repuntado de forma considerable al relajarse la protección. Otra medida también criticada en su momento, pero que afortunadamente se ha asentado ya como saludable profilaxis, lavarse las manos en lugares públicos, sin duda habrá contribuido también a evitar la transmisión de enfermedades. ¿Vamos a dejar de lavarnos las manos las veces que haga falta porque ya no sea obligatorio?

Además, ¿quiénes somos nosotros para criticar que una persona lleve mascarilla?, ¿qué sabemos si quien así se protege es un enfermo crónico para el que un contagio puede resultar fatal? Tal se trate de alguien que, como ya era habitual en muchos países asiáticos antes de la pandemia, se está protegiendo de la contaminación. O de alguien que simplemente tiene miedo y prefiere ser precavido.

La amenaza de la covid ya no nos asusta, pero no deberíamos olvidar que sigue ahí. Nuevas variantes y nuevas olas, así como las consecuencias de la relación de las medidas, están por venir. Sólo en la última semana el virus mató en España a 374 personas. Quien lleve mascarilla está en su pleno derecho. Sólo faltaba. Tendrá sus razones que no tiene porqué compartir con los meticones de turno. Yo no la llevo y no son pocas las situaciones en que pienso que no estaría de más.

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