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Javier Fernández Conde

Un obispo evangélico y amigo de todos

Tras la muerte de Gabino Díaz Merchán

Estos días, coincidiendo con la muerte de don Gabino, me tope, por casualidad, con una leyenda del Talmud, muy antigua, que se remonta a los tiempos del profeta Isaías (siglo VIII, a. de Cristo). Según su primera versión, el mundo se sostiene gracias al apoyo de treinta y seis justos, los lamed-waf: se ocultan entre los simples mortales, son tan modestos que ellos mismos no se dan cuenta de que son santos. Dispersos por el mundo, no se conocen entre sí, pero si en una generación faltara uno de ellos, se produciría un cataclismo. Al leer el curioso texto, no pude menos de pensar en nuestro obispo como perteneciente a ese grupo privilegiado, eso sí, liberado de cualquier connotación grandiosa y cósmica.

La pasada semana estuvo llena de noticias, de fotografías, de opiniones sobre su figura y sus obras como obispo de Oviedo. Y todas ellas, sin excepción, son de carácter elogioso: algo verdaderamente extraño en los tiempos que corremos y signo, por sí mismo, de la relevancia del prelado que acaba de dejarnos. Decir algo nuevo sobe él, resulta casi imposible. Tuve la suerte de tratarlo mucho y me supe depositario de su amistad desde que nos conocimos. Ahora me ceñiré a glosar experiencias personales de mi trato con él.

Lo conocí en Roma en la etapa postrera del Concilio. Residía en el Colegio Español, donde había muchos obispos españoles Y mis colegas hablaban de uno, muy joven, que venía de Guadix y que tenía fama de ver mucho la televisión y era Díaz Merchán. Entonces, en la década del 1960, Italia se caracterizaba por la compleja coyuntura política, marcada, en gran medida, por un conjunto abigarrado de partidos que se entendían dialogando y pactando. La RAI de entonces se hacía eco de ello. Es probable que a don Gabino le llamara eso poderosamente la atención, acostumbrado a la cerrazón y a la censura españolas sin fisuras. Aquello sintonizaba muy bien con su talante, que se distinguió siempre por el respeto a las opiniones encontradas, frecuentemente divergentes y opuestas. Con todo, sé muy bien que las raíces de su tolerancia proverbial calaban mucho más hondo.

En Asturias, el episcopado de Enrique y Tarancón, muy breve (1964-1969. Fue como un “faetón” que pasó casi sin que nos diéramos cuenta él y nosotros. En 1969 comienza el don Gabino, que durará más de treinta años: uno de los más dilatados de nuestro episcopologio. Durante esas tres décadas, descubrimos muchos lo que era un pastor evangélico que olía a pueblo, preludiando una expresión del actual papa. A los tres años, un verano, cuando yo estaba recogiendo “yerba” con mi familia, me llamó para proponerme ser rector del Seminario. Recuerdo que venía en mangas de camisa, con el rostro enrojecido y casi todavía con sudor. Le dije que sí, aunque había sido llamado también, casi al mismo tiempo, para ocupar una ayudantía en la Universidad y clases en la Facultad de Teología de Burgos. Mirándolo retrospectivamente, he de confesar que aquella “decisión inmediata y un tanto de inconsciencia” valió la pena, porque propiciaría unas relaciones muy cercanas con él, de las que salí siempre enriquecido. Fueron años complicados: el final del tardo franquismo y los comienzos de la democracia. Desde Prau Picón vivimos con apasionamiento situaciones –en ocasiones cometiendo seguramente imprudencias llenas de buena intención– que nos permitieron descubrir en don Gabino la confianza, casi sin límites, con las personas a la que encomendaba responsabilidades. Recuerdo que sólo una vez me dijo que fuera más “prudente”, después de un show montado por Comisiones Obreras en un local del Seminario para informar a los seminaristas y profesores de las huelgas de la minería del valle del Nalón, por lo que terminé en la Comisaría.

En los primeros años de su episcopado, el Seminario puso en marcha, por sugerencia suya, una formación permanente para los curas y laicos que quisieran sumarse, que tratara de reciclar la vieja teología escolástica, el neotomismo, y rejuvenecerla con los planteamientos del Concilio Vaticano II. Durante años, el lunes de cada semana, pasaban por la casa sacerdotal cientos de sacerdotes. Por las tardes, se organizaban también mesas redondas con los políticos más conocidos de aquellos años. Recuerdo, por ejemplo, a Horacio Inguanzo, personalidad destacada del Partido Comunista Asturiano o a Gómez Llorente, el representante del modelo de escuela pública del PSOE que se contraponía al de la Conferencia Episcopal. Los miembros del clero comenzaron a ver aquellos líderes con normalidad y a dialogar con ellos sin reticencias. D. Gabino estaba encantado. Creo que sólo se contrarió una vez: cuando pasaron por aquellas mesas miembros de un regionalismo de porte independentista.

Quería mucho a los curas, apoyando sin reticencias a los que estaban comprometidos con movimientos obreros en aquellos años de huelgas de la minería y de duros conflictos obreros; y a todos los que se relacionaban con él de una manera u otra. Recuerdo una mañana, muy temprano, que me llamó a su despacho. Lo encontré con la cabeza entre las manos y llorando, mientras me decía entrecortadamente: vete a Comisaría a recoger a un sacerdote, detenido por la policía durante la noche en una casa de no buena fama de las afueras de Oviedo. No fue necesaria mi intervención porque enseguida llamaron para comunicarle que estaba libre. Y su cara se llenó de alegría.

Fue el alma de la famosa “Asamblea sacerdotal” de 1978. Las mayor parte del clero de Asturias, animados seguramente por la libertad y la valentía de D. Gabino, nos reunimos varios días para diseñar las líneas maestras de una iglesia local, nuestra diócesis, a la luz del Vaticano II. Vista desde hoy, aquella maravillosa e ingenua asamblea, sintetizó y plasmó sus aportaciones en cientos de proposiciones sobre una iglesia ideal y con perfiles de utopía, que no tenía en cuenta demasiado el Derecho canónico. Se pedía entre otras cosas, el celibato opcional para los curas y nombramientos siempre consensuados. Don Gabino la aceptó porque eran las opciones de sus curas y la tramitó a Roma con correcciones mínimas. Uno se imagina cómo las recibiría una curia romana en pleno pontificado del papa Wojtyla y sospecha también si aquel documento no fue perjudicial para la “carrera episcopal” futura de nuestro obispo. Y, si fue así, nos alegramos, porque eso permitiría que estuviera con nosotros más tiempo.

Se sabe que tuvo una formación teológica sólida, pero tratando con él habitualmente, uno sospechaba que su libro de referencia habitual era el Evangelio de Jesús sin demasiadas glosas. Más de una vez pensé que D. Gabino era uno de aquellos cristianos de las primeras comunidades que esperaban la venida próxima del Mesías y que el “Libro de los Hechos” describe como “sencillos y alegres de corazón”: sencillez, transparencia, autenticidad, estar siempre como dentro de sí “en perpetua luminosidad” y trasmitiendo por ello la paz y la alegría esperanzada. Recuerdo con ternura que cuando iba a mi casa de la aldea a cenar, mi madre –una anciana e más de ochenta años– estaba siempre encantada de recibirlo y de tener largas parrafadas con él sin ninguna dificultad.

Su porte exterior era la normalidad, vestido habitualmente de clergyman y celebrando los oficios con los complejos ornamentos episcopales, pesados y cargados de simbología por el peso de los siglos, que seguramente se limitaba a soportar. Pero su imagen de la Iglesia, mucho más sencilla y cercana, no era diferente a la imaginada por P. Casaldáliga en uno de sus poemas más conocidos: “Yo pecador y obispo me confieso/ de soñar con la Iglesia/ vestida solamente de evangelio y sandalias,/ de creer en la Iglesia/, a pesar de la Iglesia, algunas veces; / de creer en el Reino en todo caso, / caminando en la Iglesia”.

La infinidad de artículos de opinión de estos días resaltan, sin discrepancia, la inmensa capacidad de diálogo de don Gabino con sindicatos y partidos políticos de todos los colores. No quiero reiterarme en ello. Para mí, los mineros subidos a la torre de la catedral varios días se transfiguró en icono de su defensa incondicional a los trabajadores y tuve la suerte de conversar con él y animarle a que superara las críticas inmisericordes de la “gente bien pensante y burguesa”. Más tarde, abrirá su mandato como presidente de la Conferencia episcopal con el 23 F. Y tanto entonces, como durante los ocho años que desempeño dicho cargo, esa capacidad le convirtió, sin duda alguna, en un factor importante de la consolidación de la primera democracia y de la difícil Transición al lado del cardenal Tarancón. Lástima que lo alejó un poco de su diócesis. Hablar con él de este último período fue siempre una “gozada”.

Cuando repasaba la semana pasada, en su capilla ardiente, este esbozo, apresurado y sencillo, de su biografía, me imaginaba también, su encuentro dialogal con el Señor bellamente descrito por el mencionado obispo claretiano ya citado: “¿Has amado/ has vivido?/; y él –Don Gabino– le abrió al Señor su corazón lleno de nombres”. Y al lado de los manchegos, entre ellos los de sus padres, estaban los de incontables asturianos.

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