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La Nueva España

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José Luis Salinas

La gran dimisión laboral

Millones de empleados están dejando su empleo por una “prueba de contraste”

Millones de trabajadores en Estados Unidos han dejado su empleo desde que comenzó la pandemia. Cansados, hastiados de jornadas interminables para recompensas más bien exiguas. El fenómeno tiene nombre: lo han bautizado como “La gran dimisión” y lo pronosticó un psicólogo, de nombre Anthony Klotz y profesor de la Escuela de Negocios da la Universidad de Texas. La ola no está llegando a España, ni siquiera a Asturias. Y si llega es en marea baja. Pero es un aviso de lo que puede pasar. Porque acabará llegando.

Klotz definió el problema en plena pandemia del coronavirus, cuando todo el mundo estaba encerradito en sus casas para que el virus no se fuera de madre. Era una afirmación arriesgada porque tanto los gobiernos de EE UU como el de España tuvieron que hacer mayúsculos esfuerzos para contener una sangría laboral. Aquí se logró gracias a los ERTE. Allí comenzó el éxodo.

¿Por qué? Ocurrió lo que se conoce como “prueba de contraste”. Muchos de los que tenían un empleo que, o bien no les gustaba, o estaban “quemados” –lo que se conoce como “burnout”– se vieron de repente con un montón de tiempo libre y descubrieron que, ¡oh, sorpresa!, el trabajo no es lo único que hay en la vida. De hecho, ni siquiera es lo más importante. Probablemente, ni siquiera es lo segundo en esa lista. Esa especie de liberación permitió a muchos dedicarse a oficios que les llenaran más, que les gustaran. Fue muy retratado en la prensa americana, el caso de una regidora de televisión que vivía entre el estrés y el quemazo de su trabajo, y que, de un día para otro, gracias al encierro dio rienda suelta a su gran pasión que no era otra que pintar cuadros. Ahora es una reputada pintora. Y vive sin estrés, que era lo más importante.

¿Por qué pasa eso en Estados Unidos? Su mercado laboral es mucho más rico, aquella es una tierra en la que existen más oportunidades para encontrar un empleo. La pandemia supuso una catarsis, cambió por completo las prioridades del mundo. Muchos se pararon a reflexionar el rol que el trabajo tenía en sus vidas. Y ahí fue cuando comenzaron los problemas para los empresarios. Ese análisis, provocado por la pandemia, extendió la crisis de la mediana edad (que ocurre cuando a los cuarenta las personas se dan cuenta de que no les gustan sus vidas y quieren cambiarlas) a todos los estratos sociales y a todos los rangos de edad.

¿Por qué la situación no se extendió a otros países, como España? Aquí el mercado laboral está mucho menos desarrollado, es muchísimo menos activo y ofrece muchas menos salidas que el americano. En España, los empresarios continúan tirando de eufemismos propios de otras décadas como el de “flexibilidad”, que en verdad quiere decir trabajar más horas de la cuenta. Los empleados no quieren ser flexibles, para eso harían yoga, quieren tener certidumbre sobre sus vidas y sobre su futuro. Tampoco es mucho pedir. De hecho, la ambigüedad que producen ese tipo de términos en la mente de los trabajadores es algo que la psicología ha estudiado con detenimiento. Preferimos concreción a abstracción. El cerebro es un poco idiota. Por mucho que se venda como una ventaja, se prefieren las jornadas fijas a las variables. Las continuas frente a las partidas. Todo lo que nos cree inseguridad nos asquea.

Hace unos años, Jeremy Rifkin, sociólogo, economista, escritor, asesor político y activista, publicó un libro con el provocador título de “El fin del trabajo”. En sus páginas defendía una tesis que aún no se ha cumplido y que, de hecho, es muy improbable que se cumpla a corto plazo. Decía que los robots iban a robarle el trabajo a los humanos en poco tiempo por un inevitable proceso de automatización y por un lejanísimo desarrollo de la inteligencia artificial entre las máquinas. La mayoría de sus predicciones acabaron cayendo en saco roto, quizás porque es excesivamente catastrofista en sus predicciones. Lo que sí que están sobre la mesa son muchas de las soluciones que el sociólogo propone. Por ejemplo, reclamaba un reparto más eficiente de las jornadas de trabajo. Lo que traducido quiere decir estar menos horas en el tajo, pero cobrando lo mismo. También propone orientar más el trabajo hacia cuestiones sociales o del tercer sector (las ONG) porque del tajo sucio ya se encargan los limpios robots.

Ante la gran dimisión los empresarios americanos han comenzado ya a ofertar mejores salarios y mejores condiciones laborales. A los humanos, no a los robots.

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