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La Nueva España

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Fernando Granda

Melilla y su problemática frontera

La última tragedia mortal

Los seis o siete fortines militares que rodeaban la ciudad de Melilla eran protegidos por pelotones de guardias. Oficialmente la cautela tenía por objeto impedir el paso clandestino desde Marruecos a España. La epidemia de cólera que había sufrido y soportaba aún el país vecino era la causa de la especial vigilancia de los límites entre ambos territorios. El resguardo de los márgenes entre los dos países corría a cargo del Tercio Gran Capitán, Primero de la Legión. Cada veinticuatro horas los legionarios renovaban el personal en dichos fortines. No recuerdo detenciones, si el trapicheo, la dejadez y la corrupción, los varios pasos clandestinos y presuntamente consentidos.

Los tiempos han cambiado tanto que los pequeños edificios militares de hace cincuenta años son una reliquia. Las alambradas y “tierras de nadie” que rodean la ciudad autónoma los han hecho obsoletos. Y la vigilancia corre a cargo de otras fuerzas del orden. La paulatina globalización atrae a quienes sufren la miseria y una precariedad vital de tal forma que hoy son miles las personas que se acumulan en los aledaños de la líneas fronterizas con intención de traspasarlas y llegar a un mundo mejor. Gentes, en su mayoría jóvenes, con distintos niveles de instrucción, que buscan un paraíso que parecen mostrar los medios y las redes sociales. La realidad creo que es distinta, menos ideal de lo que aparenta en las pantallas.

Una nueva avalancha de muchachos, terminada en catástrofe humanitaria, atravesaba en las primeras horas de este verano los límites entre los territorios marroquíes y español. Las consecuencias fueron nefastas. Según las ONG de la zona, son al menos 37 los muertos y decenas los heridos los que se produjeron en el nuevo intento en el que 133, de los dos millares que se propusieron pasar de un lado a otro, lo consiguieron. Lograron llegar a un territorio gobernado por leyes democráticas y unas presuntas comodidades no comparables con las de los países de procedencia. Pero el paraíso todavía estaba lejos. La tragedia se produce a los pocos días de la reapertura de relaciones entre Rabat y Madrid.

Las asociaciones de defensores de los Derechos Humanos marroquíes han denunciado el trato inhumano de las fuerzas del orden de su país, que según datos oficiales, sufrieron en la refriega con los migrantes varios muertos no confirmados y un centenar de heridos. Esta información parcial no explica con claridad la situación existente en las inmediaciones de la ciudad autónoma ni los traslados previos de agentes a la zona. Una policía considerada como de las más informadas del mundo (veamos los casos de espionaje Pegasus, entre otros), que conoce perfectamente los movimientos de las fuerzas del orden españolas, pero que aplica una ineficacia abrumadora en materia migratoria.

Esta situación no es nueva. Ya en tiempos de los monarcas y antecesores del actual rey de Marruecos la inteligencia del país era muy buena conocedora de la política española, utilizaba chantajes y aprovechaba vacíos legales para acosar las relaciones con España y Europa (detenciones de pesqueros, reclamaciones puramente propagandísticas, presunta apropiación de territorios saharauis...), así como coyunturas de crisis político/económicas para presentar reivindicaciones contra los intereses europeos. Siempre ha jugado como víctima aprovechando su cartel de país que salvaguarda la tendencia agitadora de las políticas religiosas radicales de sus vecinos del norte africano y el occidente asiático. Pero Marruecos está regido por una teocracia que disimula un régimen dependiente de la voluntad de una autarquía que responde a los intereses de los gendarmes mundiales.

Los regímenes democráticos son los grandes ausentes de todo el vasto y rico continente africano, lleno de casi imprescindibles y necesarias materias primas, de luchas étnicas y de intereses económicos, de residuales políticas coloniales, de gobiernos autoritarios y vacío de humanidad.

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