Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco García

Tontos de La Barrosa

Nada sienta peor a un ciudadano que los que mandan lo tomen por tonto. De acuerdo que cada gobierno planea un sistema educativo más simple con ese mismo fin: aborregar a las nuevas generaciones para que prevalezca un modelo de votante escasamente crítico, sin una base cultural firme sobre la que asentar la capacidad del discernimiento. Pero la explicación del Ministerio de Transporte sobre las causas del deterioro del puente de La Barrosa pasa de castaño oscuro, en ese camino hacia el reconocimiento de la idiocia de la ciudadanía. Y no es el caso, que la mayoría aún no nos chupamos el dedo.

Fue al agua de lluvia quien causó el mal estado de una infraestructura que quebró a los diez años de edificarse, dictamina el Ministerio. Nadie está dispuesto a tragarse el sapo del hundimiento de un viaducto que costó un dineral y lo más sencillo es echarle la culpa al empedrado. En este caso a la meteorología. ¿Es que los que construyeron el puente desconocían que esto es Asturias, y que aquí llueve mucho? ¿O es que el proyecto estaba pensado para el desierto del Gobi?

Los expertos dudan de la explicación oficial, aunque puede ser que los que cuestionan el dictamen gubernamental sean unos fascistas que solo esperan el Gobierno se hunda, como las pilastras de La Barrosa. ¿No han evaluado un problema de drenaje, de degradación de las piezas de los cargaderos y de los materiales de relleno? He ahí las preguntas de los ingenieros independientes. A ver quién las responde.

A los que gobiernan les convienen adocenados súbditos en lugar de ciudadanos exigentes; cofrades silenciosos de la cofradía del amén en vez de gente con criterio y personalidad que se pregunta por las causas y las consecuencias de todo lo que ocurre. De manera que no nos toquen las narices, no piensen que estamos en la inopia, aunque sea tal la isla Barataria en que desean confinarnos. No nos consideren operarios de un circo de pulgas en el que el domador toca los platillos y la concurrencia aplaude entusiasmada a la vista del inusual espectáculo.

Compartir el artículo

stats