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Anxel Vence

Noticias bailables

El poder de las redes sociales

Arden, estallan, se incendian, saltan, claman ante cualquier cosa que excite a sus usuarios, que viven en perpetua ebullición. Las redes sociales son como la niña del Exorcista, pero en plan tonto. De hecho, necios ilustres como Donald Trump las utilizaron para alcanzar la presidencia del imperio americano; y para gobernar después a golpe de tuit durante cuatro años irrepetibles. Al menos por el momento, que el hombre amenaza con presentarse otra vez.

Trump supo dar esperanza a millones de seguidores. Si un tipo como ellos había llegado a la más alta magistratura del mundo, también sus simpatizantes podrían guardar la esperanza de alcanzar parecidos logros. De ahí que el millonario heredero del ladrillo clamase contra las elites de Estados Unidos, la globalización de la economía y el capitalismo en general. Menos mal que ahí estaba el presidente chino Xi Jinping para defender las bondades del libre mercado, como si en lugar de seguir a Mao acabase de leer a Adam Smith. El mundo al revés.

El del posadolescente Trump no fue un caso único, sino más bien una tendencia. Un reciente estudio del Instituto Reuters difundido por la Universidad de Oxford ha certificado que los jóvenes de 18 a 24 años se informan por Twitter, Instagram, Youtube y Tiktok. Sostiene tal informe que el lenguaje de los medios de comunicación tradicionales –es decir: la lectura– les parece muy complejo, aunque en esto bien pudieran influir también los programas de enseñanza. A los más jóvenes les resulta mucho más sencillo enterarse de lo que pasa por los zasca de Twitter o los vídeos cortos de Tiktok, que además suelen ir acompañados de música y baile. Las noticias han pasado a ser bailables.

Constatan también los oxfordianos que las noticias falsas, tan abundantes en las redes, no resultan en modo alguno disuasorias para muchos miléniales (o millennials) y miembros de la Generación Z, que a lo sumo las consideran un fastidio. Poco importa, pues, que lo que sale por las cañerías de las redes sociales no esté sujeto a comprobación alguna. Cualquiera puede publicar en ellas sin citar fuentes ni, por supuesto, contrastar al menos dos o tres distintas antes de afirmar lo primero que se le pase al autor por la cabeza. Basta con que lo que se publica sea llamativo, divertido y mejor aún, bailable.

A los medios tradicionales se les acusa sin mucha imaginación de estar vendidos al capital y a toda suerte de intereses ocultos, lo que no deja de resultar sorprendente. Las redes sociales que les están tomando el relevo –al menos, entre los jóvenes– son un oligopolio controlado por menos de una decena de potentados. Solo uno de ellos, Mark Zuckerberg, es propietario de Facebook, Instagram y Whatsapp, con lo que reúne un poderío que convertiría en modesto editor al mismísimo Randolph Hearst, magnate en su tiempo de la prensa amarilla americana.

Las redes, tan fáciles de incendiar con cualquier bobada, están robándole clientela incluso a la televisión que en tiempos pretéritos fue adjetivada de "caja tonta". A lo tonto, a lo tonto, están a punto de convertir a la tele –por mera comparación– en un medio de alta tensión intelectual. Y esto no ha hecho más que empezar.

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