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La Nueva España

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Xuan Xose

Silencios y falacias argumentales

La callada por respuesta de los defensores de la oficialidad

Con motivo del reciente debate sobre el estado de la nación, Unidas Podemos presentó una propuesta para impulsar la cooficialidad del asturiano y normalizar la situación laboral de los cientos de profesores de asturiano. La propuesta no salió adelante, con el voto contrario, entre otros, del PSOE, que es el mismo partido que dice aquí defender esas dos cuestiones.

No ha sido para mí ninguna sorpresa ese "blanco hablar con doble lengua", no. Lo que me ha sorprendido ha sido la reacción en las redes y en los medios: ninguna. Es decir, todos aquellos que han sido ninguneados por el PSOE, todos aquellos a quienes se ha dejado patente que una cosa es prometer aquí cuando no se puede cumplir y otra comprometer cuando sí se puede han callado como afogaos. También todos aquellos docentes que llevan años en el ejercicio de la asignatura: nada. Bueno, es posible que alguien haya dicho algo (no el Gobiernu, cuya postura ha sido la del "no comment"), pero yo, al menos, no lo he visto. Ni siquiera he leído un pío de los habituales twitteros gubernamentales a favor de la cooficialidad. Y tengo por seguro que si hubiese habido una negativa por parte de un Gobierno del PP habría ardido el monte.

Entiendo el silencio por parte del Ejecutivo asturiano y sus palafreneros (si teclean en un buscador "Podemos busca el respaldo del Congreso a la…", verán que la noticia se hallaba en las informaciones del cuarto televisivo dependiente del Gobierno –¿se puede hablar del "medio" en este caso?–, pero ha sido borrada), pero no el de enfotaos y docentes, salvo que las vacaciones y el no disponer de los periódicos y los ordenadores de los claustros lo explique todo.

Por otra parte, y respecto al asturiano, me llama la atención que destacados emigrados y triunfantes asturianos de los que con frecuencia aparecen entrevistas en este periódico, y cuyo amor a Asturies en muchos sentidos es indubitable, tanto como su inteligencia, esos ciudadanos, digo, después de dar consejos y emitir acertados juicios sobre nuestra inanidad, sobre la emigración de los más preparados, sobre nuestra incapacidad para sostener la población, caigan en esta falacia: "no pierdan el tiempo en políticas identitarias, introducirían barreras a la meritocracia y a la llegada de gente de fuera. Tenemos que aspirar a ser una sociedad abierta y acogedora". No es uno, son varios, créanme, y lo hacen, además, desde la proclamación de un cierto amor por la lengua.

Pensemos al revés ahora. La inexistencia de cooficialidad, la ausencia prácticamente total del asturiano en los medios y en la enseñanza, el menosprecio social en que se lo tuvo y que aún subsiste en forma menos burda… ¿todo eso ha hecho algún favor a nuestra demografía? ¿No emigran los más preparados? ¿No son bajos aquí los salarios? ¿No es exigua la creación de empleo? De forma explícita: nuestra decadencia, nuestra progresiva inanidad nada tienen que ver con la lengua. Entonces, ¿por qué pensar que otro trato a la misma significaría "el" inconveniente?

Vayamos más allá. ¿No emigran nuestros jóvenes –no solo los de títulos superiores, también los de títulos medios– a países donde tienen que hablar otras lenguas, el conocimiento regular o muy escaso de las cuales no es, sin embargo, un obstáculo para ellos. Y no sólo al extranjero. Conozco casos de enfermeras –alumnas mías en su día– que han ido a trabajar a Euskadi, donde tienen la obligación de aprender el euskera en un cierto plazo. ¿Los detienen esos "obstáculos", como se argumenta que aquí lo haría el asturiano? No, lo que los detiene son las condiciones laborales de aquí, los salarios bajos, los escasos puestos de trabajo, los empleos con escasos incentivos para la investigación, la falta de estabilidad laboral, etc.

Solucionemos, pues, si somos capaces y podemos, lo que tenemos que solucionar y no carguemos las culpas o hipotéticos obstáculos a un cuerpo inválido y desvalido cuya fuerza es bien poca y que, además, no se sabe muy bien en qué podría perjudicar para que otros aires soplasen en nuestra tierra.

Tal vez, y en pequeña medida, al revés.

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