Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco García

Taramundi y Lalo

Obviamente no se puede salvar el suroccidente asturiano llenándolo de Taramundis, pero convendría analizar las razones por las que ese concejo apartado sigue siendo una referencia del turismo rural asturiano tres décadas después. El éxito consolidado tiene apellidos propios, como Eduardo Lastra, el alcalde que ganó ocho elecciones seguidas, que llegó al Ayuntamiento como independiente en 1979, cuando aún no había luz eléctrica en algunas viviendas. Lalo no sólo sacó a Taramundi del apagón sino que, como agente local predilecto de una estrategia regional ideada por el gobierno de Pedro de Silva, iluminó un territorio que empezó a competir como destino turístico con las principales referencias rurales de España. Y así hasta hoy.

Socialista de los de antes, de los que ya no quedan, de los que se hicieron a un lado de manera elegante antes de que la nueva ola los elevara a la categoría de ilustre florero, sigue siendo el mejor guía para conocer los valores principales del concejo. Lastra es el Espasa Calpe de la historia local. Se conoce todos los detalles porque ayudó a alumbrarlos, con la complicidad de los vecinos, desde el principal asiento municipal.

El caso de Taramundi es digno de estudio. Merecería una tesis doctoral este curso diario de etnografía que se ha construido sobre la base de una arriesgada apuesta que resultó, contra todo pronóstico, ganadora. El concejo pizarroso merece ser explicado en una pizarra de aula universitaria.

Los pioneros del turismo rural asturiano buscaron la diversificación de actividades y la dinamización socioeconómica por la vía de un incipiente desarrollo turístico. Parecía una locura, desplazarse desde Madrid a ese remoto lugar a pasar unos días de asueto. Pero sorprendentemente lo consiguieron. Y la enhorabuena dura ya treinta años. El éxito de Taramundi no tiene los días contados.

Compartir el artículo

stats