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Francisco García

La tiranía del meteorólogo

Ola de calor en España Salas

Sufrimos la tiranía del parte meteorológico. Desde que la información del tiempo ocupa más espacio en los noticieros que la actualidad deportiva -infinitamente más que la cultural, cuya presencia suele ser testimonial en los telediarios- el análisis de isobaras se ha convertido en asunto de Estado. Le ponemos nombre a cada borrasca, como si fuera la vecina de enfrente; y en cuanto que asoman los primeros copos de nieve del invierno mandamos una unidad móvil a Pajares a convertir en lo habitual en noticia. Que haga calor en verano no es sorprendente. Ni frío en invierno ni que llueva en Asturias más que en Cáceres. No es razonable despertar expectativas por encima de la importancia de los fenómenos meteorológicos.

Olas de calor las ha habido siempre. Se lo van a decir a uno de Toledo que ayudaba de niño a su abuelo cada verano a vigilar el melonar, cuando lo más parecido al aire acondicionado era un abanico de tela. Según las crónicas, el 20 de julio de 1928 los termómetros sudaron la gota gorda en las principales capitales europeas, con más de 50º grados en Polonia. Si tal ocurrió en Varsovia, en Trujillo debieron freír huevos en las aceras.

Dicen los expertos que en una década Llanes tendrá veranos como los de Palma; Palma como los de Málaga y Málaga como los de Marrakech. No sería mal asunto, convertir al concejo llanisco en la Ibiza del norte. Al candidato Trevín se le están haciendo ya los ojos chiribitas.

Uno no entiende más corriente del golfo que las andanzas del rey emérito. Y la mayor evidencia de la disminución de los casquetes es el descenso de los índices de natalidad. Y si se derriten los polos, piensen que, con este calor, más hielo para gin-tonics.

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