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Pedro de Silva

Música sí, pero no a la fuerza

Disfrutando en una playa del Sur de la paz y el silencio aparece un grupo familiar con los bártulos en un carrito. Montan sombrillas, carpa, mesas, sillas y, en su centro, un equipo de sonido completo, que pronto empieza a retumbar. Como hay playa para dar y tomar, basta migrar un par de cientos de metros, fuera del perímetro acústico. El problema en las ciudades en las que se celebran uno tras otro festivales musicales al aire libre es que, cuando empiezan a atronar tambores, lo que coincide más o menos con la hora en que la gente que trabaja suele ir a la cama, no puede uno irse con la vivienda a otra parte. Por 1 asistente en modo-marcha al concierto puede haber 20 en modo-descanso que lo sufren. Buscar la compatibilidad es cuestión de horarios, decibelios y localización. El responsable de medio ambiente del lugar se supone que habrá hecho números de ese mal negocio político 1 x 20.

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