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Inmaculada González-Carbajal García

Los niños de la calle, una infancia a la intemperie

Crónica desde Kinshasa

Después de dos años y medio sin venir por estas tierras, por fin puedo volver y lo hago afrontando algunas dificultades personales con las que no contaba cuando proyecté este viaje. De todos modos, todo pasó bien y estos días estoy en el centro de niños de la calle, con el que colaboramos desde hace catorce años.

Es un proyecto de la Institución Teresiana, que se llama Bana ya Poveda (Niños de Poveda) y que da soporte educativo a los niños que, por diferentes razones, han vivido en la calle y han sobrevivido como han podido, abrigándose de la oscuridad de la noche en cartones, protegiéndose entre ellos para no sufrir abusos de algunos policías, robando para comer y haciendo lo que podían para acallar el vacío de corazón que produce el abandono. Es una realidad que no podemos imaginar en contextos como el nuestro, en el que los niños están protegidos, en algunos casos, quizás en exceso, porque los convertimos en pequeños dioses tiranos que organizan la vida de la familia imponiendo sus deseos por encima de todo.

Aquí hay más de 30.000 niños viviendo en las calles de esta gran ciudad que es Kinshasa. Son niños de infancias robadas por la ignorancia y la miseria, que no están en las noticias de los medios ni forman parte de nuestros intereses, pero que son hijos de la injusticia sobre la que se construye este mundo global en el que todo está profundamente ligado.

No somos conscientes de que detrás de las realidades de estos niños hay un sustrato en el que confluyen muchos elementos, políticos y económicos sobre todo, pero también la avaricia y el interés en que este país, inmensamente rico, no tenga el desarrollo suficiente como para poder gestionar sus propios recursos, porque son necesarios en otros lugares del mundo donde el nivel de vida necesita de todo lo que ellos tienen, pero no pueden disfrutar.

Comprendo que, en nuestro entorno, es difícil provocar el interés por una realidad que sentimos muy lejana y que no podemos imaginar, pero no deberíamos ser insensibles a las injusticias, por muy remotas que nos parezcan.

Los niños de la calle son abandonados, a veces, porque son muchos en la familia y no pueden atenderlos; a veces, porque ellos mismos se van para buscar comida o para huir del maltrato de una familia disfuncional; a veces, porque las llamadas "iglesias del despertar", que tratan de mantener a la gente adormecida, los califican de "brujos" y así los apartan de las familias por temor a que provoquen algún mal. En todo caso, son niños inocentes que sufren las consecuencias de una sociedad en la que la ignorancia campea a sus anchas.

En este proyecto, cuando los niños de la calle llegan al centro, se escolarizan y reciben una atención global, que incluye no sólo una buena y completa alimentación, sino también un cuidado psicológico y emocional, que incluye la supervisión de un psicólogo, la práctica del kárate para que aprendan a manejar la violencia, el teatro para que puedan manifestar sus emociones, la educación en el cuidado del medio ambiente y de su entorno, y, por supuesto, el cariño de un equipo de educadores que son un ejemplo de cómo trabajar con compromiso y entrega en un trabajo tan especial como es la atención de estos niños.

Algo importante que quiero resaltar de estos muchachos es el respeto a las personas mayores, su amabilidad y su sensibilidad. Y esto es algo que observo cada vez que vengo aquí. Si ven que llegas cargada con bolsas, vienen y te liberan de algunas; a la mañana, te pueden preguntar si has dormido bien y cómo estás; y, por supuesto, absolutamente todos te saludan cuando se cruzan contigo. Además, hay detalles concretos que te llaman la atención: el otro día estaba jugando con ellos al balón –lógicamente, se trataba de uno fabricado con sacos de arroz–; después de un tiempo, perdí la pelota y me tocó pasar al centro para tratar de robársela a alguno de ellos (lo que es difícil, dado el nivel y la habilidad que tienen estos muchachos), pero, uno de los chicos, de manera muy sutil, intentando que no me diera cuenta, perdió el balón para que yo volviera a mi puesto inicial. Podría contar muchas otras situaciones, todas ellas en el mismo sentido de mostrar una sensibilidad y una amabilidad que sorprende, por no ser habitual entre los niños y jóvenes de nuestro entorno. Todo ello me lleva a cuestionarme si entre los valores que estamos enseñando a nuestros menores se incluyen el respeto, la atención al otro y la amabilidad.

Algunos de estos niños son muy inteligentes y tienen un afán por aprender que sorprende. Seguro que hay mucho talento entre ellos, que, por desgracia, no tendrá oportunidad de desarrollarse, pero su alto grado de resiliencia les proporciona una protección muy eficaz contra las frustraciones de la vida, y algo muy importante, a pesar del drama de sus vidas, no les falta la alegría para celebrar las cosas sencillas de cada día.

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