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Josefina Velasco

Agosto de Feria

La convocatoria internacional gijonesa, una cita obligada e ineludible del verano en Asturias

Como cada año desde hace décadas el mes culminante del verano, agosto, ese que en la vieja e imperial Roma se bautizara así en honor al gran Emperador Augusto, nos trae fiestas innumerables poblando la geografía nacional y regional.

Entre el cúmulo festivo, se establece la cita obligada con la Feria Internacional de Muestras de Asturias (FIDMA), esta vez la 65 edición, tras la ausencia obligada del aciago 2020 pandémico. Define el diccionario de nuestra lengua común, entre otras acepciones, que feria es la "instalación donde, con periodicidad determinada, se exponen máquinas, herramientas, vehículos, aparatos y otros productos industriales y de comercio para promover su conocimiento y venta". Cumpliendo con la definición la FIDMA de Gijón, que además coincide con la semana grande de las fiestas de la localidad, presenta en el recinto ferial que lleva el nombre de su impulsor, Luis Adaro, en más de 160.000 m2 calles dedicadas a miles de expositores de empresas regionales, nacionales y extranjeras, que en 2016 daba una estimación de 700.000 visitantes en los 16 días feriados, situándola, según la organización, en cabeza de las celebradas en España y Portugal, con una gran proyección mediática.

Los anfitriones institucionales, promotores de antiguo del invento, con local propio presentarán sus novedades o mostrarán lo mejor de su espacio de acción. Ahí están los institucionales del Principado de Asturias, Gijón, o Langreo, a los que se unirá el nuevo de Oviedo; otros aprovecharán los pabellones. Seguro que tendrán presencia proyectos en alza como el ansiado AVE, la propuesta de la sidra para patrimonio inmaterial de la UNESCO (con lo buen material que es) o se proyectará desde la capital el Camino Primitivo del Rey Casto, las obras de la ciudad anfitriona o las expectativas de la Universidad. Estarán los medios de comunicación, entidades bancarias, delegaciones de otros lugares de Asturias y del extranjero. Nunca falla Hispanoamérica o los vecinos del norte de África. Un microcosmos de cosas varias que nos permiten saltar de lo próximo a lo lejano. Pero sobre todo estarán las empresas, grandes y chicas con sus mejores recursos. Los automóviles, el mundo del motor, piezas de maquinaria o caravanas que concitan curiosos. Los pabellones de mobiliario o de varios son un hervidero donde se mezclan transeúntes con vendedores demostrando las ventajas de sartenes mágicas o productos de limpieza milagrosos. Hay de todo. Como en una feria.

En las muestras de la Feria se practica un cierto optimismo que no viene mal porque de él estamos ayunos de un tiempo a esta parte. Proyectos, esperanzas, nuevos retos, obras de arte… Comprar es lo de menos, aunque casi siempre se sale con algo. Aderezado todo con comida típica o tradicional, bebida, dulces y helados. La Feria es tentación.

Habrá jóvenes que encuentren un empleo precario y temporal con el que allegar algo de dinero a sus bolsillos vacíos, establecer relaciones temporales y sacar, pese al trabajo a destajo, tiempo para la diversión hurtándolo al sueño.

Los adictos superarán las incomodidades con resignación, buscando novedades, comprando algunas cosas útiles y tal vez muchas inútiles, cargando con globos, bolsas o folletos publicitarios; los visitantes forzados solo verán el polvo, las colas, el calor y lo mismo de otros años casi tolerable ante la sidra, la cervecita, el vino o el bocata inevitable. Unos y otros buscan descanso en el espacio próximo del Pueblo de Asturias, que es sede del estupendo Museo homónimo y guarda tesoros de la vida corriente e historias de gentes de todo tipo. La Feria será cita obligada de muchos, aunque predominen –a que negarlo – las personas de cierta edad, las mismas que van a otras ferias porque siguen creyendo en el directo de la vida más que en la vida virtual.

La historia vieja de la Feria se remonta realmente al siglo XIX, ese del ascenso de la burguesía industrial y comercial. Un Real Decreto de 1886 establecía que en España "debe autorizarse el establecimiento de Cámaras Oficiales del Comercio, de la Industria y de la Navegación en las plazas de mayor importancia en estos ramos de la riqueza pública". Establecer relaciones, apoyar e incentivar la política económica, siendo interlocutoras del Gobierno y promover y dirigir exposiciones relativas al comercio y a la industria estaban entre sus fines. Ese año se crearon más de veinte Cámaras y tres años después la de Oviedo, siguiendo la de Gijón, procedente del Círculo de la Unión Mercantil en 1898, y un año después la de Avilés. La gijonesa, muy activa, estaba presidida por Luis Adaro y Magro (1849-1915), ingeniero vinculado a la minería y la siderurgia langreana y promotor allí del Sanatorio de su nombre. Bajo su dirección se montó la Exposición de 1899 con gran éxito en presencia de empresas y público, pues según la prensa "los trenes de todas las líneas y los vapores costeros venían repletos de viajeros, cuya primera orientación, al pisar el suelo gijonés, era la Exposición" en un acontecimiento que contó con las Juntas de Langreo, vinculadas a la Cámara de Gijón. Imitaba de algún modo las exposiciones internacionales.

Además de la función económica, esa proyección comercial sirvió para mitigar el dolor por la pérdida de las últimas colonias, y en particular de Cuba a la que Asturias se sentía muy unida pues "aquella contienda no estaba en un frente lejano, sino entre casas y fincas de hijos, nietos y sobrinos de convecinos nuestros". En el mismo acto de apertura, el Rector de la Universidad de Oviedo, Félix Pío de Aramburu y Zuloaga, señaló que "en este dolorosísimo duelo nacional que a todos nos aflige, pocos consuelos podríamos hallar como este que la industriosa villa de Gijón nos ofrece al inaugurar su Exposición Regional". Tras este hito fundacional, en agosto de 1924 se celebró la I Feria de Muestras de Asturias para poner en contacto a productores y consumidores y facilitar las transacciones comerciales, dándole un carácter internacional en particular centrado en los intercambios con la América hispánica. Continuó la celebración anual hasta la interrupción posterior al 30, tal vez por la crisis de 1929. Corrieron tiempos difíciles y, aunque en 1946 hubo una exposición de productos regionales del noroeste de España, la IX Feria de Muestras se demoró hasta 1965, cuando el presidente de la Cámara, Luis Adaro y Ruiz-Falcó (1914-2006), nieto del pionero promotor, como si la saga familiar renaciera, logró sacar adelante la Feria. Ingeniero, industrial, investigador de la historia minera y fabril, impulsor de causas benéficas, Luis Adaro, removió obstáculos para la ubicación de un recinto ferial adecuado a orillas del río Piles, que a inicios de los años setenta se urbanizó y fue dotándose de Pabellones, además de ponerse en marcha el Museo del Pueblo de Asturias (1968). En 1972 la Feria adquirió carácter nacional y en el año 1985 internacional, levantando en 1992 el Palacio de Congresos. Con tamaña infraestructura y espacio acoge cada año numerosos certámenes monográficos y manifestaciones culturales o feriales. Esta es la icónica. El mes de agosto tiene allí una cita ineludible.

[Rafael Anes Álvarez Castrillón. "Creación de las Cámaras de Comercio. La Cámara de Comercio de Gijón". Cuadernos de Historia del Derecho, 2004, vol. extra 49-62; Cámara de Gijón. "Feria de Muestras de Gijón: historia gráfica, 1924-2016" (acceso libre)]

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