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Daniel Capó

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Daniel Capó

La inflación amenaza la paz social

Julio se despidió dejando a una mayoría de europeos en el ecuador del tiempo vacacional. La semana pasada, la inflación marcó récords en España, consolidándose por encima del diez por ciento anual. Un euro ahorrado hace un año vale ahora noventa céntimos y sigue depreciándose día tras día. Sucede lo mismo con nuestros salarios y, si se confirma la llegada de los vientos de la recesión este invierno (como indican las primeras cifras semestrales adelantadas en Estados Unidos), cabe temer que también caerá nuestro ahorro patrimonial –inmuebles, acciones, fondos de inversión, planes de pensiones– y que aumente el desempleo de forma notable. Quizás no afecte a España –la recesión, digo–, pensando que aún no hemos recuperado la riqueza previa a la pandemia, pero difícilmente se puede salir incólume de un contexto global recesivo y altamente inflacionario. Los recortes de gas previstos para el invierno son como una metáfora de estos nuevos tiempos: se ha terminado para muchos la fronda festiva y nos adentramos en una nueva época definida por la carestía.

Para la clase media –un concepto tan amplio en España que engloba a la inmensa mayoría de trabajadores–, esta carestía ya empezó hace años, con la llegada del euro y la entrada de China en el mercado global. Una carestía que, en realidad, podríamos denominar de un modo más preciso como erosión y ruptura. La erosión es el efecto continuo del empobrecimiento sobre las rentas per cápita de los ciudadanos: un ligero desgaste que se acumula año tras año hasta alcanzar magnitudes significativas. La ruptura consiste en la brecha social que, en lugar de reducirse en estas dos últimas décadas, no ha hecho sino agrandarse a pesar del crecimiento de las políticas sociales y de la red protectora que supone el Estado del bienestar. A ello hay que añadir el efecto disruptivo de la tecnología, que concentra la riqueza y abarata el trabajo; la deslocalización industrial, que sólo ahora –tras comprobar sus efectos– empieza a revertirse; y la burbuja de la vivienda, quizás el factor más determinante en el proceso de fractura social. Es más, se diría que sin vivienda asequible de calidad no habrá paz social. Este es un problema que las llamadas ciudades (o geografías) de éxito sufren con un redoblado dolor. Tras la hiperinflación del metro cuadrado se oculta la tierra quemada de la pobreza. Que la vivienda no se haya convertido en el eje de las políticas del bienestar constituye uno de esos misterios que sólo se explican desde la ceguera ideológica o desde los intereses más sombríos del capital.

Se acerca el final del tiempo muerto de las vacaciones. El sol, la playa, la montaña, las cenas con los amigos, la lluvia de estrellas, los viajes cercanos o lejanos, el reencuentro de las familias… definen un tiempo sin tiempo y, por tanto sin pasado, presente o futuro. El otoño, en cambio, representa –como supo describir con acierto Patrick Modiano– la estación de los proyectos, es decir, del movimiento. Y el movimiento no siempre augura una mejora o un avance. Con la inflación vienen tiempos malos. Y nadie nos explica cómo defendernos.

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