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Francisco García

La liturgia de la montaña

El hombre no conquista las montañas, son las montañas las que conquistan al hombre. Pocas almas libres pueden sustraerse al encanto del territorio escarpado, a la llamada que desciende del picacho imponente en la boca del viento, irresistible como el canto de las sirenas que ató a Odiseo al palo mayor de su nave al pairo. Nadie queda exento de imaginarse alguna vez coronando una cumbre, pues es sabido que en las alturas se está más cerca del cielo. La elevación es un hábito celestial, un viejo anhelo humano que desde milenios se perpetúa.

La montaña es una catedral cincelada por la geología y como todos los templos requiere del respeto riguroso de una liturgia. No se puede acometer la senda, por poco empinada que sea, sin conocer los mandamientos de una actividad que exige un camino de perfección que arranca siempre en un rito iniciático. Antes de aspirar al púlpito se hace imprescindible haber practicado las atribuciones del diaconato. El privilegio de la mitra requiere mucho tiempo antes haber hecho sonar las campanillas litúrgicas en el pasaje tridentino del Sanctus.

Porque la montaña es una religión y por tanto un acto de fe. Y el castigo por incumplir los preceptos esenciales que la ascensión acarrea se paga en ocasiones con la vida, muy elevado coste siempre. Las rocas descompuestas, el tiempo cambiante, la niebla sobrevenida envuelta en el velo de una mortaja, el exceso de confianza, la desconsideración hacia la naturaleza son obstáculos que interfieren en la relación del hombre con el macizo. Es un insulto a la inteligencia y una provocación al camino acudir a la senda del Cares en chanclas.

Cada cresta rocosa fue creada para ser ascendida y ese reto resulta enriquecedor y apasionante. La montaña es hermosa, pero también traicionera; y si la buscas, te encuentra. Ve respetuoso a su encuentro, pues no existen atajos.

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