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Jorge J. Fernández Sangrador

García Morente en Poyo

La relectura de un texto y una visita al monasterio pontevedrés, con 120.000 libros ahora mismo

Una visita rápida, en la tarde estuosa del 1 de agosto, al monasterio pontevedrés de Poyo me indujo a releer algo que escribió, el 16 de septiembre de 1938, el filósofo Manuel García Morente (1886-1942) en ese lugar.

Había llegado a Vigo en junio, procedente de Tucumán, a través de Lisboa, con su familia. Y se encontraba ya en el monasterio de Poyo, porque, habiéndole manifestado al obispo de Madrid, Leopoldo Eijo Garay (1878-1963), su intención de ser sacerdote, éste le pidió que viviese durante algún tiempo con la comunidad de Mercedarios del monasterio.

Monseñor Eijo Garay deseaba abrir un seminario en Rozas de Puerto Real, pero el frente, en aquellos días de guerra civil, estaba cerca y la prudencia aconsejaba no precipitarse en la ejecución del plan. De ahí el que el obispo de Madrid hubiese acomodado a Manuel García Morente en Poyo y le rogase que, hasta que pudiese regresar definitivamente a la capital de España, permaneciese allí.

A García Morente no le supuso un gran esfuerzo: "disfruto de una serie de ventajas extraordinarias; una buena biblioteca, la compañía, consejo y ejemplo de estos padres, muchos de ellos muy sabios y todos buenísimos, una deliciosa soledad en un bellísimo paisaje junto a la ría de Pontevedra, en fin, las condiciones ideales para prepararme a la vida del sacerdocio que, por convicción profunda y por gratitud debida y por imposición directa de Nuestro Señor, quiero abrazar".

No sé cómo sería la biblioteca del monasterio cuando García Morente estuvo en Poyo, pero en la actualidad, tiene entre ciento veinte y ciento cincuenta mil libros. A él, dada su altura intelectual, debió de parecerle una bendición del cielo.

Mas volviendo al escrito de Manuel García Morente, estas son sus últimas consideraciones: "Para mí el sufrimiento propio y el de los míos, la angustiosa espera de la salida de mis hijas y su reunión conmigo, el espectáculo de tanto crimen y de tanto sublime heroísmo, el ejemplo de tanto santo mártir de Dios, todo eso y sobre todo eso la insondable voluntad de Dios, han sido causa de que se encienda en mi corazón la gracia divina".

Y prosigue: "Acabáronse las inquietudes, vacilaciones y desorientaciones de una razón impotente y radicalmente ignorante. Con la fe he recibido al fin la paz, la tranquilidad, un norte seguro y firme para lo que me resta de vida".

Así era como se encontraba interiormente después de tantos años de alejamiento de Dios y de la Iglesia, de búsqueda de la verdad y de reflexión filosófica. Al fin, creía. Como se recordará, Manuel García Morente, agnóstico, tuvo, en la noche del 29 al 30 de abril de 1937, en París, una experiencia, a la que él denominó "hecho extraordinario", mientras escuchaba por la radio un fragmento de "L’Enfance du Christ", de Hector Berlioz. "Hecho" que lo condujo a abrazar la fe cristiana y a ser sacerdote.

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