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Ramón Punset

El espíritu de las leyes

Ramón Punset

El hiperliderazgo de Pedro Sánchez

La impavidez de conquistador con la que el presidente del Gobierno afronta los empeños más arriesgados

El constante ir y venir viajero del Presidente Sánchez, aparte de un rasgo caracteriológico suyo que ya evidenció desde buen principio y que siempre me recuerda al incesante correr terapéutico de Forrest Gump, refleja la función representativa totalizadora de los máximos líderes occidentales. Políticos como Macron, Johnson, Schulz… monopolizan cotidianamente los titulares periodísticos. Aun si no proceden de la elección popular, como Mario Draghi, acaparan el foco mediático, convirtiendo en actores secundarios a todos los demás políticos, incluido el jefe de la oposición.

Las razones de tal focalización son múltiples. Ciñéndome solo a un régimen parlamentario como el español, lo primero a tener en cuenta es que el Presidente del Gobierno es el líder máximo de su partido. Su peso jerárquico en él depende de diferentes factores, sobre todo dos: el control absoluto de las listas electorales y su elección plebiscitaria por la militancia. Ciertamente, en un Estado políticamente descentralizado cada vez van ganando mayor fuerza los barones territoriales, pero en España se ha demostrado que la reticencia o la hostilidad manifiesta de los líderes autonómicos del PSOE no pudieron con un Pedro Sánchez aupado a la jefatura socialista por las bases del partido. Es curioso que las elecciones primarias, mucho tiempo observadas admirativamente por los politólogos desde la perspectiva del modelo americano como un elemento de democratización de los partidos políticos (frente a los usuales mecanismos de cooptación oligárquica), han resultado ser entre nosotros una fuente de legitimación perfecta para configurar una jefatura unipersonal incontestable. "Führerprinzip" (caudillismo) y primarias han matrimoniado aquí a la perfección.

Además de esto, Sánchez ha reforzado su liderazgo intrapartidario mediante una audaz maniobra de asalto a la presidencia del Gobierno que merece, en términos maquiavélicos, el premio de la osada "virtud" conducente a la ansiada "fortuna". Me refiero a la singular e inédita hazaña de urdir exitosamente una endiablada moción de censura constructiva que descabalgó a Rajoy de la cabecera del Poder Ejecutivo. No por ello pudo gobernar cómodamente Pedro Sánchez, ni tampoco tras las elecciones de 2019, pero su capacidad de maniobra parlamentaria al frente de un Gobierno minoritario –y, además, de incómoda coalición– resulta igualmente asombrosa. Puede que las encuestas le resulten hoy desfavorables, no obstante lo cual que nadie le dé prematuramente por muerto, sobre todo si consigue la aprobación de otros Presupuestos antes de los próximos comicios. Teniendo en cuenta la fragmentación del Congreso (al que no le vendría mal el diagnóstico de "multipartidismo exasperado" que Leopoldo Elia aplicaba al sistema parlamentario italiano), o el PP barre en las próximas elecciones (a costa del PSOE, Cs y Vox), lo que depende exclusivamente de la situación económica, o ya veremos qué pasa.

Este dominio de la escena política por parte de Pedro Sánchez se vio acrecentado por la coyuntura excepcional de la pandemia, que se tradujo en un crecimiento del rol dirigente del Gobierno, hábilmente compartido en sus costes políticos por Sánchez con las Comunidades Autónomas. Añádase el protagonismo de Pedro Sánchez cada vez que regresa de un Consejo Europeo y téngase presente igualmente el colosal aumento de los poderes de Bruselas en el control de la política económica de los Estados miembros, que permite a los líderes de cada país sacudirse el desgaste de las medidas restrictivas y apuntarse el éxito del aumento exponencial de los créditos otorgados por la UE. Tómese nota también del nuevo papel de una OTAN revitalizada por la invasión de Ucrania, a la que Sánchez ha acogido en Madrid entusiásticamente, lo que le permitió finalmente ir del bracete con Joe Biden.

Va de suyo que el hiperliderazgo conlleva una peligrosa toma de decisiones en solitario. Sin miedo al gélido frío de las altas cumbres, Sánchez afronta con impavidez de conquistador de nuevas tierras los empeños más arriesgados. Ahí está, sobre todo, el espinoso asunto del Sáhara, que resolvió abordar sin pactar con la oposición (ni siquiera con su Gobierno), de manera que su pronunciamiento promarroquí ha de considerarse, desde todos los puntos de vista, además de una muy peligrosa muestra de debilidad ante el monarca alauita, como un fallo garrafal sin más porvenir que el del propio Pedro Sánchez. Así lo entienden también, por cierto, los indignados argelinos. El Estado saharaui independiente es, desde luego, una quimera, pero no existe ninguna contraprestación de Marruecos, ofrecida explícita o implícitamente, que pueda considerarse mínimamente creíble y fiable. Al contrario, el chantaje de anteayer (y de siempre) se repetirá mañana. España nunca parece aprender las lecciones históricas de sus desgraciadas relaciones con el vecino del sur.

Un último apunte acerca del hiperliderazgo presidencial que resulta preocupante para el conjunto del sistema institucional. Sánchez pretende ocupar la totalidad del espacio político. Y me pregunto si tanto protagonismo le deja suficiente terreno al Rey, más allá de la ofrenda al Apóstol o de las inauguraciones anodinas. En esto llueve sobre mojado: ¿quién no recuerda al matrimonio Sánchez uniéndose a los Reyes, con desfachatez de paletos, en aquel sonrojante besamanos? ¿Y el veto de Pedro Sánchez a la presencia de Felipe VI en la entrega de títulos a los nuevos miembros de la carrera judicial? Y eso que la Constitución proclama –ya se ve que sin conocimiento ni aprobación del Presidente Sánchez– que “la justicia se administra en nombre del Rey” (art. 117.1). Por no mencionar, en fin, el deslucido papel regio en el procedimiento de investidura, en el que interviene ya como un mero ujier o conserje, haciendo sus veces, en cambio, el Presidente del Congreso. Lamentable.

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