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Pablo Luis Álvarez

Pablo Luis Álvarez

Investigador predoctoral, Royal College of Art, Londres

La "documenta" de Asturias

Hacia una nueva política cultural para la región

Este sábado ha comenzado en la ciudad alemana de Kassel (curiosamente, una población del tamaño de Oviedo) la decimoquinta edición de "documenta" (efectivamente, se escribe con minúscula). Kassel, que de lo contrario solo sería conocida por ser el lugar en que los hermanos Grimm recopilaron y transcribieron sus cuentos, se convierte cada cinco años, durante cien días, en el centro mundial del arte contemporáneo (de ahí que, aunque se celebrase por primera vez en 1955, solo haya tenido quince ediciones hasta ahora). A un tiempo revista y laboratorio, no diría que documenta se trate de una bienal al uso (habría, en todo caso, que llamarla "quinquenal") y tampoco me parece que sea una exposición como la solemos entender (aunque, sin duda, es arte lo que se expone). Por la colosal dimensión del proyecto y su calendario de resonancia cósmica (se celebra cada más años que los Juegos Olímpicos), podríamos decir que documenta es un formato sui generis, a la vez recapitulación sumaria del último lustro en las prácticas artísticas contemporáneas y también anuncio de lo que está por venir.

Es habitual que cada edición explore un concepto expositivo que unifique la muestra–documenta 13 exploró, en un giro aparentemente irónico, la ausencia de concepto–. A medida que los comisarios de exposiciones han ido reflexionando sobre qué significa y qué consecuencias tiene la administración pública de la cultura (colgar un cuadro y no otro implícitamente indica que uno es relevante y el otro no lo es), cada dirección artística de "documenta" ha querido contribuir a esta discusión proponiendo nuevos modelos organizativos. La edición de 2017, por ejemplo, planteó su propia relocalización, y buena parte del evento se celebró en Atenas.

Este año "documenta" ha puesto el énfasis, por primera vez en su historia, en nombrar una dirección plural. El colectivo artístico indonesio "ruangrupa" (minúsculas otra vez) recibió el encargo en 2019. Su propuesta organizativa, el modelo que proponen para articular la muestra esta vez, se basa en un término que nos traen de su país: lumbung.

¿Qué significa esta palabra? Traduzco del inglés lo que nos cuenta "ruangrupa": "como modelo artístico y económico", lumbung, que originalmente designaba un granero comunal, "tiene sus raíces en principios como la colectividad, el compartir común de los recursos y [su] distribución equitativa". Si para la mayoría de mis colegas anglosajones esto les suena exótico, las palabras de "ruangrupa" me resultaron familiares cuando por primera vez las leí: "¡Coime!", me dije, "una andecha".

Aunque digo esto a modo de chanza, la comparación me sirve para ser polémico. No es que trate aquí de decir que este año el concepto que gobierna la muestra más importante del arte tiene en realidad cuño asturiano (merecía una buena reprimenda por grandón). Mi objetivo en este artículo es mucho más modesto: ¿podemos vislumbrar en los saberes y cultura material de nuestra tierra una propuesta para una política cultural en Asturias? En lugar de imágenes producidas unilateralmente por las instituciones, como el ya fenecido Pentágono del Arte, del que nunca se supo más, ¿qué pinta tendría nuestro tejido (productivo) cultural si, por ejemplo, se viese a sí mismo como una sestaferia? A los pocos días de haber finalizado la Semana Profesional del Arte en Oviedo, me pregunto qué forma tendría, cómo se organizaría, una plataforma artística que, por ejemplo, quisiera ser una antoxana para el diálogo crítico y la producción artística. No se me ha ido la olla: pensar en la antoxana como espacio conversacional implica pensar dónde se celebra, quién y por qué participa, qué jerarquía se establece entre huésped y anfitrión, qué entra y qué sale; y lo más importante, a quién pertenece.

Asturias cuenta con iniciativas interesantísimas, desde ParaiSurural en Vallinaoscura o PACA en Gijón a más, recientemente, La Benéfica, en Piloña, que ponen en valor lo que nuestra tradición puede aportar a nuestro tiempo sin caer en esencialismos identitarios o anhelos neo-célticos. ¿Pueden nuestras instituciones culturales imaginarse a sí mismas de esta forma? Le doy la vuelta a la pregunta: ¿Cómo sería el circuito del arte en nuestra tierra si se pensase como una "documenta"?

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