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Luis M Alonso

Sol y sombra

Luis M. Alonso

El Rey y la espada

Felipe VI, en la toma de posesión de Gustavo Petro.

Forman parte del ideal de discusión de este país las polémicas estériles agitadas por los casi siempre mismos políticos improductivos. La última consiste en reprocharle al Rey que no se haya puesto de pie ante la espada de Bolívar durante la toma de posesión de Gustavo Petro en Colombia, un asunto que, según Podemos, requeriría de explicaciones y disculpas oficiales. Según parece no fue solo Felipe VI el que permaneció sentado entre los invitados al acto, en cualquier caso lo hizo consciente de que el protocolo está destinado a los verdaderos símbolos de Estado, el escudo, la bandera y el himno nacional, no a una espada incluida a última hora de manera improvisada. El asunto es falaz. Y absolutamente descabellado es que sean los propios socios del Gobierno los que se presten, una vez más, a ensuciar la imagen institucional del Estado, simplemente con tal de denostar a la Monarquía por no levantarse el Rey de su asiento al paso de la espada de un libertador al que la Historia ha llegado a cuestionar, entre honores y errores, por genocida.

Resulta también curioso que Podemos se ocupe de modo tan vehemente de una inexistente falta de respeto a los símbolos ajenos que no lo son desde el punto de vista constitucional y, en cambio, se despreocupe de los nacionales cuando, por ejemplo, el himno de España es silbado en los estadios de fútbol. Que sus aliados independentistas tengan la desfachatez de criticar al Rey no deja de ser un cruel sarcasmo. En cuanto a la adulación bolivariana por el personaje cuya memoria agita el árbol de las revoluciones en América Latina, parte de su explicación se encuentra en haber asumido los españoles la Leyenda Negra como una verdad absoluta cuando está llena de lagunas y en algunos casos es completamente falsa. Igual que la propia espada que pasean los bolivarianos como símbolo de la descolonización y de la que se duda haya pertenecido siquiera a Simón Bolívar.

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