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La Nueva España

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Francisco García

Espadas en alto

Si el Rey de España decidió no presentar respetos a la espada de Bolívar durante la toma de posesión del nuevo presidente de Colombia hizo muy requetebién, por mucho que les duela a los comparsas morados de Sánchez, cooperadores necesarios en el ejercicio de equilibrio que intentar mantener en pie los palos del sombrajo gubernamental aún a costa de propiciar su propia insignificancia. ¿Desde cuándo la espada de marras, que hay quien cuenta que la tuvo un tiempo en su poder el narco Pablo Escobar, es un objeto institucional? El monarca ha de ser respetuoso con símbolos como el himno y la bandera de los países que visita; lo de pasear en una urna la supuesta espada del Libertador se antoja en todo caso un capricho indigenista.

Que los podemitas se rasguen las vestiduras por el proceder del Rey en suelo colombiano es una chanza digna de su catadura. ¿Aprobarían ellos, como parte del Gobierno, que en una visita del presidente de México Pedro Sánchez sacara a paseo la espada de Hernán Cortés? ¿O qué, en presencia de Erdogan, se exhibiera la que empuñó Juan de Austria? ¿Qué llegara a Zarzuela una representación política de los Países Bajos y les mostraran el acero del Gran Capitán? ¿Y que todos ellos aplaudieran? Pues lo mismo. Cuestión de clase, buena educación y sensibilidad diplomática. “Quod natura non dat, Salmantica non praestat”.

En cuestiones relativas a la Casa Real, la parte contratante de la parte contratante de este gobierno de varias cabezas al modo de la inquietante gorgona Medusa siempre pone el grito en el cielo y las espadas en alto. Nada les pondría más que el filo de la guillotina en el cogote de un Borbón.

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