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La Nueva España

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José Luis Salinas

Ninguna razón es la posible

La falta de formación para frenar el suicidio

Hay un libro, que posteriormente se convirtió en una exitosa serie juvenil, que se titula "Por 13 razones" en la que la protagonista, una adolescente que acaba de empezar al instituto de nombre Hannah va grabando en una serie de cintas de casete (los más jóvenes, probablemente, no sepan lo que son) las razones (de ahí el título) que tiene para suicidarse. Para quitarse de en medio. Es poco popular. No tiene demasiado tirón entre el sexo opuesto. Sufrió abusos. Sufre acoso. Al menos ella lo percibe así. Y no ve otra razón que hacerse a un lado de una vida que le es hostil y ajena. Una perspectiva vital que tenemos muchos sin que nos haga falta ser adolescentes.

La cinta número 13 es un desesperado grito de auxilio a una sociedad que, según su visión, le ha dado la espalda y en la que no logra encontrar su sitio por mucho que lo intente.

La serie, como suele ser habitual en estos casos, es mucho más superficial que el libro, que es duro y va directo a las entrañas. De hecho, la serie tiene cuatro temporadas, pero si realmente tienen interés no pierdan el tiempo (que es lo más preciado que tenemos) con las tres últimas. La primera es más que suficiente.

Hace una semana tratábamos en esta misma columna lo impredecible que es el suicidio desde un punto de vista individual. Quien sufre un trastorno psicológico mayor depresivo suele enmascararse por una mera cuestión de estima social. No quiere que los demás sepan qué es lo que le ocurre. Pero sí que hay una serie de señales que, a los que tenemos una salud mental normal (es muy complicado encontrar a alguien así) deberían de encendernos las señales de alarma en un momento dado. No tomen esto como una guía que se debe seguir al pie de la letra. En la vida, en general, hay muy pocas cuestiones que sean dogmáticas pese a la pervivencia de algunas sectas.

En el caso concreto de los adolescentes es tremendamente alarmante la falta de formación psicológica que tienen muchos orientadores en los colegios. No tienen las herramientas necesarias para conocer cuáles son esas señales que emiten los adolescentes. No saben cómo reorientar a un joven con problemas. Y lo peor es que pasan los años, las décadas, y la cosa continúa igual. No hay una voluntad real de cambiar ese trabajo que debería ser central en todos los institutos. Y toda esta reflexión tiene un punto de vista personal y sujeta a mis vivencias individuales.

Decir que no todos somos iguales es una obviedad, pero es que a muchos las obviedades se les suelen acabar pasando por algo. Como no somos iguales tampoco nuestra perspectivas de lo que ocurre a nuestro alrededor y de lo que percibimos es igual. Sin embargo, tendemos a trivializar los problemas que tienen los demás, a restarles importancia. Esa vulgarización del punto de vista ajeno, especialmente cuando se verbaliza, no hace más que causar más sufrimiento a nuestro interlocutor.

Un paréntesis relacionado con la reflexión anterior. Vivimos en un mundo sin empatía, en el que la ayuda al prójimo está sobrevalorada en todas las esferas: la individual, la social, la política y, por supuesto, la religiosa. Cierre del paréntesis.

Otra obviedad. No se puede estigmatizar a las víctimas. Todo lo contrario, hay que prestarles ayuda. Ponerse del lado del agresor es siempre la peor de las opciones.

No hay que prejuzgar a nadie. Cada uno tiene un acervo personal e intransferible que es el que le hace ver el mundo desde una perspectiva única e inigualable. Somos muy poco conscientes de lo impactante que puede ser un mal gesto o una mala palabra hacia los demás. Hay veces que son como puñales que se clavan en lo más profundo del alma, que son las peores heridas que puede tener un ser humano.

Es curioso, quizás recuerden alguna de las reflexiones de la semana pasada sobre lo impredecible que es un suicidio, pero haciendo una búsqueda mayor sobre el tema he encontrado algunos estudios curiosos. Solo citaré uno de lo más inverosímiles. En Noruega crece el índice de suicidios debido a que hay menos nieve que antes debido al cambio climático y, por lo tanto, menos luz durante el invierno. Los que leyeron sobre la muerte fueron los que más donaron a las generaciones futuras. La lección: solo pensamos en los demás cuando vemos de cerca a la parca.

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