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Antonio Trevín

Sidra, cultura y zinc

Una crónica muy personal del Festival de Lorient

El Festival Intercéltico de Lorient se celebró entre los días 5 y 14 de este mes. Fue su quincuagésima primera edición. Fui buscando la cultura y la sidra que nos unen. Y llevé muestrarios del zinc asturiano que se lamina, para muchas de las fachadas y tejados bretones, en la factoría que Asturiana de Laminados tiene en Pola de Lena.

La primera evidencia de que no estaba en tierra extraña, fue la cantidad de "felechos" que bordeaban la autopista entre el aeropuerto de Nantes y la ciudad bretona. Me recordó a Parres, el pueblo llanisco que se reivindica como "Tierra’l jelechu". Seguiría recordando a Llanes los días siguientes, en las demostraciones folclóricas del festival.

Lorient y su festival son "una pasada", que diría un joven. Y no solo por los espectáculos que ofrece. Quedé admirado de la red de voluntariado con la que todo funciona como un reloj. Un veterano, seguramente jubilado, me esperaba con el correspondiente cartel identificatorio para llevarme en coche en cuanto salí del aeropuerto de Nantes. Y otro me recogió, tres días después, a las cinco y media de la mañana para devolverme al mismo aeropuerto. Entre uno y otro saludé a muchos más en cada institución que visité o espectáculo al que acudí.

En el Hotel de Ville, es decir nuestro ayuntamiento de toda la vida, todo el personal estaba al servicio del buen nombre del evento. El Alcalde ofrecía largas recepciones a las diferentes delegaciones, en las que, además del intercambio de presentes y saludos, correspondía una actuación. ¡Una por delegación y éramos más de una docena! Eso sí, una vez acabadas, tocaba un picoteo en el que podías trasegar, incluso, champán francés. ¡Un lujerío, vamos!

No todo fueron momentos de "vino y rosas", no se crean. En mi primer día soporté una pesadilla "en busca del taxi nocturno". Después de asistir al concierto de Mapi Quintana –original e interesante puesta en escena con músicos profesionales y creativos– nos fuimos Jonás Fernández, Lucía (su mujer y traductora oficial del grupo), y Próspero Morán a tomarnos una cerveza en una terraza. A las doce intentamos disolvernos y descansar pidiendo un taxi que me llevara a mi hotel Campanile Lorient (único alojamiento que encontré libre), situado a unos diez kilómetros de la ciudad. Les ahorro las penalidades para conseguirlo. Solo les diré la hora en la que encontré uno: las tres y media de la madrugada. La cara de alivio de Jonás, Lucía, Próspero y la mía propia, al conseguirlo, no se me olvidará nunca.

El domingo empezó con la Grand Parade: un pasacalles por la ciudad que culminó en el estadio de fútbol. Calles abarrotadas aclamando a los cerca de sesenta grupos que desfilaron. Se dice que el festival concentra a más de ochocientas mil personas y, viendo lo que vi, no discuto las cifras. Lo encabeza siempre la banda de gaiteros de la Armada "Lann Bihoue", fundada en 1952 con militares bretones que sirven en la base naval de Bihoue. Lo curioso es que, una vez culminado su recorrido, cada uno de ellos se incorpora a la banda civil a la que pertenecen. También tiene un grupo de gaitas nuestro regimiento de infantería número 3, acuartelado en el Cabo Noval de Siero, pero muy ligado a Noreña. Sería interesante añadir a su glorioso historial militar un brillante expediente musical.

El momento más emocionante para mí fue la entrada en el estadio de las bandas asturianas, la gijonesa Trebeyu y la llanisca El Llacín. Como fue el año de Asturias, ambas tuvieron un protagonismo importante. Los gaiteros y percusionistas del Llacín en este "Gran desfile de las naciones celtas" me llenaron de orgullo con su actuación elegante, serena dignidad y armoniosa ejecución musical. Uno no es de piedra y confieso que tuve que secarme alguna lágrima al finalizar su actuación en el campo de fútbol. Lo hice a escondidas de Próspero, Jonás y Lisandro Lombardía, mis acompañantes en un palco presidido por una gran foto del mítico jugador Gameiro. El muestrario de quesos franceses y el champán que nos ofrecieron posteriormente, aliviaron mi momento de debilidad.

Y en la noche, más emoción. Iniciaron, ambos grupos, la nocturna demostración en los "Horizones Celtiques". El espectáculo de luz e imagen que los acompañó, en la noche bretona, realzó la demostración. Y la redondeó posteriormente Rodrigo Cuevas, en Le Kleub, demostrando que la tradición no está reñida con la innovación y la calidad interpretativa.

Otro hito importante del festival fue la entrega del premio de gaita McCrimmon a un gaitero asturiano, Fernando Vázquez Cárcaba . Sigue la estela de otros grandes gaiteros astures: Xuaco Amieva, Vicente Prado, José Ángel Hevia, José Manuel y Javier Tejedor, Jorge Fernández Areces, Diego Pangua, Andrea Joglar, Álvaro Álvarez Fernández...

A José Manuel Tejedor se le conoce por aquellas tierras como el "Indurain gaitero", por las veces que se alzó como ganador en esta competición.

Fernando, el vencedor este año, inició su andadura musical con el grupo infantil Xentiquina, que en Lieres organizó el gran maestro y músico Nacho Fonseca. La enseñanza del asturiano en las escuelas debe estar muy agradecida a este enseñante, que inició su andadura musical y escolar en Porrúa, donde también nació El Llacín, con el grupo Seliquín y su "La moto Pachín".

No puedo acabar esta crónica sin citar un pase de modelos. El de los kilt, conocidos popularmente como falda escocesa, que forma parte de la ropa tradicional masculina de Escocia e Irlanda. Entre los numerosos trajes tradicionales que se exhibían en las calles de Lorient, eran los que mayor protagonismo consiguieron. Por su número, rayas, coloridos y clanes representativos. Por el misterio de la ropa interior de sus portadores. Y por la distinción con que la vestían.

Tenía razón la flamenca Bastiana: "Hay que tener arte hasta pa las fatigas".

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