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Fernando Miranda

El carisma del padre Ángel

El 60.º aniversario de la Fundación Mensajeros de la Paz

Tiene un nombre y unos apellidos tan comunes que no sugieren ponerle una cara en particular. No obstante, sí que existe un Ángel García Rodríguez de personalidad carismática: ese que se mueve como pez por el agua por casi todos los estamentos de este país convertido en un rostro extraordinariamente familiar.

Finalizados los estudios en el Seminario de Oviedo, al sacerdote Padre Ángel le faltó tiempo para dar rienda suelta a un don innato: el de la generosidad. Cualidad merecedora de figurar resaltada en su DNI, pues los seres con sensibilidad social como él son valiosos más allá de la numeración y la fotografía plastificada: logran que el mundo sea menos frágil e ingrato.

Este paisano puso en marcha en los años sesenta –junto con el por entonces también sacerdote Ángel Silva– La Cruz de los Ángeles, una iniciativa que descolló en nuestra región por desarrollar programas de ayuda, sobre todo en la infancia. Más adelante, se instala en Madrid dando vida a una de las Fundaciones más activas que se conocen en beneficio de los excluidos: Mensajeros de la Paz, que cumple ahora seis décadas como sueño hecho realidad de quien asumió como su prioridad la lucha contra la miseria. Con presencia en más de cincuenta países, la humilde labor de este héroe asturiano desmiente a los que creen que para cambiar el mundo se necesitan gestas colosales.

Nos hemos desplazado hasta Madrid con el programa "Asturias Semanal" de TPA para conocer una de las obras de las que se siente más orgulloso: la Iglesia de San Antón. Una parroquia en pleno centro de la ciudad que en nada se asemeja a las demás y donde se sirven desayunos o reparten comidas las 24 horas del día. Queríamos conocer in situ a este cura del que tanto se habla y cuya agenda nada tiene que envidiar a la de cualquier político o alto ejecutivo.

Es innegable la empatía de que hace gala este mierense con las elites económicas para sonsacarles recursos y redirigirlos a los más vulnerables. Las historias de sufrimiento las describe con tanto realismo que no hay interlocutor que sea capaz de desentenderse de ellas. Un religioso en ocasiones incómodo y rompedor de dogmas, tenaz haciendo visible lo invisible, creador de espacios de acogida para el dolor ajeno. Su eficacia al frente de la lucha contra la desgracia humana es tal que le ha obligado muchas veces a pedir perdón antes que a pedir permiso.

Allí, en la iglesia de la calle Hortaleza, los indigentes y marginados en cuanto se percatan de su presencia corren a saludarle agradecidos y hasta le piden selfies, olvidando sus carencias y estado de extrema debilidad. Un templo donde, en lugar de confesionarios, hay mesas camillas para que la gente pueda sentirse como en casa.

Siempre con su bufanda y corbata rojas, sin perder un ápice de su sonrisa frente a dramas de todos los colores, el padre Ángel tiene la rara habilidad de saber buscar el epicentro de las necesidades. Entre ellas, la falta de compañía, que aqueja a no pocos ciudadanos. Se puede vivir comiendo poco, dice, pero no sin nadie que nos quiera. La soledad mata y es peor que el hambre.

El periodista Juan Ramón Lucas cuenta que nunca jamás se ha pillado al Padre Ángel en un renuncio porque su mensaje es coherente con su acción y porque es una de esas personas capaces de mover el mundo. El fundador de Mensajeros de la Paz tiene como referente el hacer y la palabra del arzobispo don Gabino Díaz Merchán. Al que fuera prelado en Asturias, recientemente fallecido, le gustaba decir que la vida es un regalo y así había que tomarla hasta el final, aunque a muchos se les torciera del todo hasta convertirse en calamidad. Una jornada con el padre Ángel es suficiente para entender lo que es la lealtad con los humildes, tantas veces enterrada entre un desierto de intenciones, espejismos de promesas y frases quemadas al sol. Frente a ello, el padre Ángel nos propone un oasis de paz y reconciliación imposible de rechazar.

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