Suscríbete La Nueva España

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Maria Jose Iglesias

La madre que adoraba Balmoral

Isabel II se dedicó a su pueblo y a la familia que formó con Felipe de Grecia

A los 25 años, en 1952, le cambió la vida con la muerte de su padre, el Rey Jorge VI. Su hijo Carlos, Carlos III, tenia tres años; la princesa real Ana, 18 meses. Más tarde llegarían los príncipes Andrés y Eduardo. Ella ciñó una corona que ha llevado con dignidad y sentido del deber durante más de setenta años. Isabel II era la jefa de "La Firma", la decana de los reyes y reinas de Europa, la mujer que defendió firmemente la democracia desde que vio a su padre, junto a Churchill, combatir los bombardeos nazis y mantenerse en Londres, al lado de su pueblo, durante aquellos largos días de guerra. También dirigió la Iglesia Anglicana, instaurada por su antepasado Enrique VIII. Fue princesa de rebote. La culpa la tuvo Wallis Simpson, aquella "horrible mujer" como ella la llamaba, que provocó la abdicación de Eduardo VIII, el tío Bertie, antítesis de Isabel, con un recio carácter forjado en el cumplimento del deber, algo que llevaba de forma innata y que mantuvo hasta el últimos día de su vida. La prueba es que esta misma semana recibió a la primera ministra Liz Truss, en Balmoral, su refugio, el paraíso escocés en el que se fue de este mundo para pasar a la eternidad y el lugar en el que nació Victoria Eugenia, la inglesa que fue reina de España. Si Wallis fue su pesadilla de juventud, otra americana. Megham Markle, duquesa de Sussex esposa de su nieto Enrique, fue la tortura de sus últimos años. La Reina abrió los brazos a la exactriz de Hollywood pero las cosas no salieron bien; la Reina de Inglaterra sabía bien que las rosas tienen flores y espinas. Cuando accedió al trono cambió el horario de la audiencia semanal con el primer ministro de las 17:30 a las 18:30, lo que le permitió bañar y acostar a los niños. Servir al pueblo británico y ejercer como madre fueron sus prioridades. Los hijos le dieron problemas, nada tan diferente de la vida de la gente común, la misma que hoy la llora en Gran Bretaña y en la Commonwealth. El primer gran disgusto fue el divorcio del heredero de Lady Diana Spencer. Pero la Reina era madre y aprendió a querer a Camilla Shand, duquesa de Cornualles, desde el día en que Carlos le dijo que "ella no era negociable". La monarca no quería otro "tío Bertie" y con el paso de los años se dio cuenta de que aquella nuera sobrevenida sería una buena reina consorte. Dispuso expresamente que se le diera ese título, algo que no hizo con su propio marido, Felipe de Grecia, duque de Edimburgo, tío segundo de Doña Sofía, de ahí ese trato cercano que hacía a la familia real española dirigirse a ella como "Querida tía Lilibeth", la princesa que de niña rezaba por las noches para que sus padres tuvieran un varón.

Compartir el artículo

stats