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Francisco García

Mirarse a los ojos

No le falta razón al dilecto dramaturgo Maxi Rodríguez cuando afirma que nos pasamos más tiempo pendientes de la pantalla que mirándonos a los ojos. Tan es así que hemos decidido dejar de practicar el poder comunicativo de la mirada, terapéutico y salvífico. Mirar es un idioma extraordinario que no distingue fronteras ni razas. Cuando miramos a los ojos estamos proponiendo un profundo ejercicio de conexión, un pacto silencioso de mutuo entendimiento. Cuando no miramos nos convertimos, sin embargo, en ciegos emocionales. Mirar supone siempre el estadio previo a admirar. En mi caso, yo me miro en ella, como escribió Cortázar: es mi espejo, porque para reconocerme tengo que mirarla.

Cuántas veces hemos escuchado “me enamoré de su mirada”, porque con frecuencia los ojos son más parlanchines que las palabras, de igual forma que quien sabe mirar encuentra mensajes más profundos en las huellas de cantería que en las catedrales.

Cierto es que hay miradas cálidas que enamoran, pero también otras gélidas que matan, con las que hay que andarse con ojo. A la vista de estas últimas, conviene ser capaz de sostener la vista frente a quien clava la mirada: agachar los ojos es siempre una forma de claudicación. Piensa que si hay alguien que te mira mal, siempre habrá otro que te verá bien, con buenos ojos.  En tiempos de guerra, el mírame y no me toques debería cambiarse por mírame y no me agredas.

En la jerarquía de los sentidos, resulta innegable la preminencia de la vista, que es el ojo clínico de la existencia. O el del huracán, el más poderoso. Por todo ello cabe sentenciar que es malo para la vista pasar tantas horas con los ojos pegados a la pantalla del móvil, la del ordenador o de la caja tonta, que es la más perniciosa de las cajas. Volvamos a mirarnos más, a decirnos las cosas a los ojos. El futuro no se gana sin llevar de continuo la mirada al frente.

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