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Juan Soto Ivars

La Sirenita negra: lo "antiwoke" se hace "woke"

Cosas que detesto de la invasión "woke" de la cultura: no quieren que un actor interprete a un personaje de otra raza, no solo si median maquillajes ridículos, sino con personajes ficticios que pueden ser de cualquier color, y por eso criticaron a muerte a Scarlett Johansson cuando encarnó al androide japonés de "Ghost in the Shell", mientras los japoneses aplaudían con las orejas. Tampoco quieren que un actor interprete a alguien de una identidad de género u orientación sexual diferente a la suya, y por eso lograron que el rodaje de la película en la que la misma actriz, Johansson, iba a hacer de hombre trans, se cancelase nada más ser anunciado. Y tampoco les gustan las películas con patrones ideológicos o mensajes políticamente incorrectos para ellos, y a menudo las critican prejuiciosamente antes de haberlas visto. Etcétera.

Bien. ¿Acaso todo esto, toda este afán represor en la cultura, no es lo que se puede aplicar punto por punto a las reacciones que ha despertado el trailer de "La Sirenita" con una actriz negra en los presuntos "antiwoke"? Una película que no se ha estrenado ya es tan odiada por ellos como si nos hubieran puesto una pistola en la cabeza para verla. Como si nos obligaran a ponérsela a los críos. Niñatos de 40 años nostálgicos del cutis pálido de un dibujo animado.

Que Disney+ mete diversidad con calzador es un hecho. Provoca a menudo películas ridículas, no hay más que ver lo que han hecho con Star Wars o las sagas de Marvel. También suele provocar descalabros en taquilla cuando la calidad final del producto es nula, y de ahí la fórmula "Go Woke, Go Broke". Sin embargo, para mí, lo grave de las prácticas de Disney+ no es esto (también se hacían películas malísimas antes), sino que la empresa considere que sus clásicos requieren algún tipo de ultracorrección en función de la óptica racista del presente.

Me refiero a ese racismo horrible que se ha disfrazado de antirracismo, y que consiste en tener la raza presente en todo momento, y sugerir que un niño negro solo se sentirá identificado con un personaje del mismo color. Lo están consiguiendo.

El paso atrás que dan estas empresas en la inclusión y el antirracismo cuando se someten al dictado de las políticas de la identidad estadounidenses es manifiesto. Todos los chicos blancos de Murcia nos identificábamos con el Príncipe de Bel Air y "Superdetective en Hollywood", lo mismo que con Ace Ventura. Y el personaje que todos queríamos imitar de "Loca Academia de Policía" era el negro ese que ponía voces raras. Vivíamos en la resaca de Martin Luther King y la arcadia parecía ser un lugar donde las razas fueran completamente irrelevantes.

En los noventa empezaron a protagonizar las películas de animación de la factoría Disney personajes que no eran blancos (Aladín, persa; Pocahontas, india) y nadie se escandalizó: gustaban a todo el mundo. Entonces todavía valorábamos las obras según el grado de emoción o interés que nos despertaban, nada más. Pero llegó el nacionalismo, de nuevo, disfrazado de movimiento emancipador, como siempre.

Bien: tenemos en internet las reacciones a una actriz negra interpretando a Ariel. Espumarajos de furia disparados por los que habitualmente critican a los "wokes" que claman al cielo porque un blanco interpreta a un oriental. La misma Halle Bailey ha dicho que "La Sirenita" la marcó de niña, mientras los "woke" publican vídeos de niñas negras (como Bailey) que dicen sentirse representadas por primera vez. ¡Menuda empanada, pobres hijas de esta época racista!

Si Disney tuviera un interés real por la inclusión y por profundizar en sus propias historias, en lugar de ponerles un turbio maquillaje, diré que lo más fiel al cuento original de Hans Christian Andersen hubiera sido todavía más "woke": una sirenita lesbiana. Porque el autor del cuento, además de escandinavo, era homosexual. Sus amores más tempranos fueron el actor Riborg Voight y Edvard, hijo de Jonás Collin, y el cuento de "La Sirenita" nacía de la frustración. Una princesa submarina se enamora de un príncipe del mundo terrestre, y pierde su voz a cambio de unas piernas. Si esto no es una sublimación del amor sexual imposible, ¿qué es?

Esto, claro, hubiera enfadado al mercado saudí, que bastante disgusto tuvo con el beso gay de Buzz Lightyear.

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