Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

José María Ruilópez

Un funeral de película

Las exequias por Isabel II

El funeral de la reina Isabel II del Reino Unido, no de Inglaterra como dicen algunos medios, ha superado con creces cualquier guión cinematográfico por muy profuso que éste sea. La meticulosidad, el ritual, la armonía, los centímetros y cualquiera de los gestos que se llevaron a cabo en ese evento han superado todo lo previsible por los no iniciados, y, supongo, que por la mayoría de los cuatro mil millones de televidentes que dicen lo ha visto. Una fusión entre el protocolo monárquico, la disciplina militar y la pompa religiosa que ha dado como resultado un espectáculo único que no se ve algo así desde hace más de un siglo.

No hace falta ni ser monárquico, ni republicano, ni creyente ni ateo para reconocer la magnitud de una presentación, quizás podríamos decir representación, de la despedida de la reina Isabel II tras su fallecimiento y setenta años de mandato. Una vida dedicada a la corona. Según dicen los que la conocieron, hubiera querido hacer otras cosas, dedicarse diferentes menesteres, una actividad personal sin tantas obligaciones y requisitos. Pero la vida, la historia y también el destino la llevaron a ser la digna representante de una monarquía que ha superado a la institución en sí para ponerla un escalón más alto de lo que el diccionario define como: "forma de gobierno en la que la jefatura del Estado reside en una persona, un rey o una reina, cargo habitualmente vitalicio al que se accede por derecho y de forma hereditaria".

Porque Isabel II con su larga vida ha tenido tiempo y valor para ir paso a paso colocando a la institución por encima de las tendencias políticas. Creo que fue ella y sus colaboradores quienes emplearon años en preparar este acto funerario con todos los detalles posibles. Incluso parece que hasta los caballos que escoltaban el armón en el recorrido por las calles de vez en cuando daban un cabezazo hacia arriba alternándose unos con los otros sin aparente intervención de los jinetes. Sin olvidar los conocidos gorros de piel de oso del Canadá que portaban los miembros de la Guardia de Gales que estaban a las órdenes de la reina. Ahora una ONG quiere que se hagan con piel sintética, y han encargado a Stella, hija del Beatle Paul McCartney, opositora la uso de pieles, para que haga el diseño de un nuevo casco con la consiguiente ganancia, claro.

El funeral no solo fue el de una reina, sino el de una madre y una abuela. No hubo lágrimas en los miembros de la familia, forma parte de la educación inglesa, donde las emociones se embolsan en el cofre del ritual mientras suenan los trompeteros de la Caballería Real bajo la batuta de Julian Sandford, una pieza de Juan Sebastian Bach o el gaitero Paul Burns que despertaba todos los días a su majestad con el "Sleep darie, sleep", o los coros formados por adultos y niños vestidos con un alba, sobre traje rojo y una pequeña gorguera blanca.

Hay una escala que establece el manejo de las emociones que provienen de las culturas, de la educación o del estatus social. Podemos ver la desesperación plagada de lloros y aspavientos de la raza gitana, por ejemplo, o la austeridad contenida de los ingleses que nos ocupan. Fue mucho tiempo de templado pesar, caminatas de una hora tras el féretro cubierto con la bandera monárquica, con 142 marineros de la Royal Navy empujando el armón de dos toneladas de peso que portando el ataúd y todos unidos por un grueso cordón, después de haberlo depositado sobre él, con estudiados movimientos, por doce soldados Guardias de Granaderos.

Momentos de silencio absoluto de dos minutos a las 11,55 donde se tapa cualquier instrumento que pueda ofrecer un resquicio de sonido que adultere el protocolo. Se comenta el gesto del ahora rey Carlos III cuando indica con desagrado que retiren un tintero de una diminuta mesa donde le pusieron unas legajos tamaño A2, 59 x 42 cm., un folio es A4, que apenas le dejaba espacio para colocar la mano y parte del antebrazo para poder firmar. Un error de protocolo del personal asistente, sin duda. Algunos medios ya aprovecharon la imagen para augurar al actual monarca un futuro complicado. Bien es cierto que no se pueden hacer comparaciones. Isabel II patentó a lo largo de setenta años un peinado, un bolso colgado del antebrazo, un sombrero a juego con la vestimenta y una sonrisa modelo estándar. Eso no lo puede hacer su hijo por razones obvias, porque todo lo que ella portaba, él ni tiene tiempo ni puede llevarlo. Querer ahora que la monarquía británica sea como la que patentó Isabel II es un error. El tiempo juega en contra de Carlos por razón de edad. Tendrá que adoptar una agenda popular, como ya hizo en el acercamiento a la gente para saludarla. Aunque eso no parece que sea suficiente, aunque por algo se empieza.

Se están haciendo comparaciones entre la monarquía del Reino Unido y la española. No hay comparación. En España es impensable un ritual de ese calibre. Y el rey Felipe VI y doña Letizia están en proceso de asentamiento de una monarquía que lleva sólo ocho años con el rey como Jefe del Estado. Sin olvidar algunas fuerzas políticas españolas que buscan cualquier excusa para socavar su prestigio y en el fondo llevan el deseo de, algún día, tumbar la monarquía parlamentaria como modelo de estado en España. Entre tanto, por el bien del pueblo británico con sus defectos y sus aciertos, por el buen entendimiento político con el resto de Europa, podemos decir eso tan conocido de "Dios salve al rey".

Compartir el artículo

stats