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Carabanzo y la cultura como elemento tractor contra la despoblación

El enfoque conservacionista, propio de la preservación de especies y espacios naturales, hace mucho que trascendió la exclusividad en esos ámbitos, más bien de carácter natural o biológico, para asentarse también en otros de índole más social, especialmente en lo referente al mundo rural, a sus oficios, a sus costumbres, a su forma de gestionar territorios y espacios, en definitiva, a su modo de vida. Su abandono ha hecho que se reconozca la necesidad de su preservación, sus bondades y su aportación histórica a la conformación de la sociedad actual, a la par que se han planteado innumerables medidas, con y sin respaldo financiero, orientadas a su actualización y continuidad. Desde casi todos los ámbitos de conocimiento se han abierto innumerables líneas de investigación para contribuir a su estudio, tanto con base científica como humanística.

Y en esa reflexión y análisis, los elementos culturales van tomando cada vez mayor preponderancia, a la vez que la fusión entre lo humanístico y lo científico explica cada vez mejor la dinámica rural. Aunque los aspectos estrictamente económicos son básicos a la hora de fijar población, especialmente para crear empleo de calidad, estos no se entienden sin una base cultural de calado más amplio, fundamental para poder construir lo económico sobre los cimientos de esta.

Los ejemplos concretos aislados no sirven si no forman parte de un conjunto suficiente a nivel agregado, pero, si son lo suficientemente interesantes, tienen un carácter demostrativo innegable y sirven para su difusión a modo de buena práctica. Carabanzo es una pequeña aldea de montaña en el concejo de Lena, de menos de doscientos vecinos, con muches caleyes y poco espacio para los coches, casas humildes, pero de materiales nobles (piedra arenisca y madera de castaño), aunque estos estén mayoritariamente ocultos por revoco y baldosa, y con el imponente palacio de los Faes-Miranda, del que ya solo queda la torre, con su escudo, y poco más. Pero todo eso, que no es poco, unido además a su impresionante paisaje, propio de la Montaña Central, a su mosaico de prados salpicados de cuadras y cabañas de piedra, a veces acosados por la inmensa mata de castaños, es más que suficiente, por ser expresión clara de su historia, su cultura y su paisanaje, para conformar, al menos para mí, uno de los lugares más maravillosos del mundo.

Carabanzo es un buen ejemplo de resistencia rural basada en elementos culturales. Las actividades económicas predominantes a lo largo de su historia, es decir, la campesina y más recientemente la minera, son residuales o inexistentes actualmente, pero el poso cultural que han dejado está muy vivo, lo que hace que muchos de sus habitantes sigan viviendo ahí a pesar de trabajar fuera y que una parte importante de los que viven fuera sigan manteniendo, como mínimo, sus casas familiares por arraigo y cariño al lugar.

La base asociativa que se conforma en la asociación cultural matriz, de la que derivan otras de carácter juvenil, de mayores y de mujeres, tiene una actividad importante. Además de la cohesión que proporcionan con actividades diarias y cotidianas también podemos citar algún ejemplo relevante y mediático, como la realización durante muchos años, con gran éxito, del Festival Astur Romano de La Carisa, que se basa en la ruta histórica que une Carabanzo con Pendilla (León) y en la que se encuentran los yacimientos arqueológicos que dan constancia de actividades bélicas frente al invasor romano.

También es relevante la aportación de artistas de música tradicional asturiana, especialmente en lo referente a la gaita, como por ejemplo Eliseo Quiñones, Gaiteru Mayor de L.lena, al que se le rindió este verano un merecido homenaje por ser gran gaitero y gran persona, o también, Saúl Quiñones, referente más actual del mismo instrumento desde el grupo Spanta la Xente o la Banda de Gaites Güestia, además de otros que vienen detrás difundiendo y creando afición a la cultura tradicional asturiana.

La cultura cohesiona y proporciona un sentido de unidad a la colectividad, que es lo que realmente da vida a los pueblos, por lo que me parece muy oportuno comentar, a modo también de ejemplo, una manifestación cultural reciente que ha dado lugar a la reflexión inicial para este artículo, por su poder evocador y generador de sentimientos tanto individuales como colectivos. Me refiero a la exposición del artista local "Jesusangel" (Jesús Ángel García), de amplia trayectoria y que tiene expuesta una pequeña pero excelente muestra de su amplia obra en una sala de Carabanzo. Desde la humildad de un simple aficionado que soy, pero considerando la libertad interpretativa de la obra de un artista que cada uno pueda tener, y a pesar de la posible discordancia con otros ojos y seguro que con la del propio artista sobre su creación, me voy a permitir, con su licencia, expresar parte de las impresiones y sensaciones que me produjo esa visita inicial, ya que creo que las obras expuestas representan muy bien el sentir de todos aquellos que hemos estado y estamos vinculados a Carabanzo y a cualquier otro pueblo similar con base campesina en coexistencia desde el siglo XIX con la minería del carbón, es decir con la industrialización.

Distintos bloques, por temática, tipo de obra y ejecución temporal se pueden apreciar. El primero, haría referencia a bodegones sobrios, de pocos colores, pero muy expresivos, en los que se juega con las formas inversas y lo complementario, basándose en la temática propia de la zona, donde se mezcla lo campesino con las referencias a la mina, aunque predomina lo rural sobre lo industrial. Se distingue cerámica tradicional, cestos, puertas de pajares, cocinas de carbón, catalíticas y un sinfín de detalles que a mí personalmente me trasladaron a mi infancia, a mis vacaciones y a la casa de mis abuelos.

Otro bloque sería el de cuadros de mayor formato con más colorido y mensaje escrito, donde lo industrial, reivindicativo y el trasfondo social toman preponderancia junto con los colores llamativos que piden ser "escuchados" y que transmiten la misma fuerza que tenían los mineros de Carabanzo que ya describió Alfonso Camín en Valle Negro. En ellos se fusiona el arte plástico con la literatura, que la muestra alude continuamente, como si el autor tratase de agradecer la inspiración proporcionada a través de dicha fusión.

La tercera sería la que se basa en lo natural, paisajes varios, del Picu Sopena, troncos de castaños centenarios, con aires totémicos, como si se venerasen en agradecimiento por la fame y el frío que quitaron a los vecinos a lo largo de la historia, y los caballos, desde el mítico asturcón, con el que se juega con la luz reflejada en su piel, propia de un cambio de estación, por lo variado del pelaje, hasta el que realza las formas geométricas de una figura venerada desde los tiempos de los romanos que pasaron por Carabanzo hace dos milenios.

La cuarta sería la de los retratos de los mineros, lámpara y pica de mano, boina y zapatos rotos para el guaje, con pocos colores, como los de la mina. Destacaría la que quizá sea la obra que más me gustó, que es la que combina la silueta del minero con distintas formas geométricas, llena de color en este caso, en claro contraste con el resto, para resaltar esas formas y su fusión con esa silueta en pose laboral, en la que se ponen en valor sus herramientas, símbolo del esfuerzo. Me pareció el resultado de una búsqueda trascendental que realza esos valores en el espacio y en el tiempo, en un intento de evitar su extinción, precisamente en un momento en que la minería del carbón sí que se extingue en la zona, pero permanece, todavía, como un legado cultural. Me recordó a mi abuelo y a todos los mineros de Carabanzo que, como él, lucharon por la justicia social.

Por último, estaría el bloque de lo que el autor denomina "tosquedades", aunque por su fondo y mensaje a mí también me parecieron, a la vez, "exquisiteces", donde lo rural vuelve a ser preponderante, con elementos de resistencia al paso del tiempo que adquieren, gracias a él, un nuevo valor. Fesories, arados, bisagras e incluso una prensa, como vestigios de una utilidad pasada que se resiste a desaparecer y que ahora se fusionan en nuevas formas para configurar un mensaje plástico y estético.

Para experimentar todas esas sensaciones, muy personales pero enriquecedoras, que forman parte también de un sentimiento colectivo, no hace falta irse a Londres, Nueva York o Madrid, ciudades maravillosas llenas de galerías de arte, sino que, en mi caso, simplemente tuve que ir con mi familia a pasar un rato a mi pueblo, quedar con nuestros amigos e ir juntos a ver la muestra, aunque con cierta prisa y sin la calma necesaria, por otros compromisos adquiridos, pero sí la suficiente para reafirmar mi arraigo a Carabanzo y admirar su potencial cultural, en este caso materializado en la calidad artística de uno de sus vecinos, al que debo agradecer el rato tan agradable y, sobre todo, darle la enhorabuena por su obra, un ejemplo más de que lo local también puede ser universal y otra muestra de que Carabanzo sigue siendo uno de los lugares más maravillosos del mundo.

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