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Francisco García

El otro paraíso

“Asturias lleva tiempo siendo una isla fiscal y cada año que pasa está rodeada de más agua y más lejos de la costa”, sentencia algún experto cuestionado por el empecinamiento de Barbón en mantener en pie, contra viento y marea, el impuesto sobre el Patrimonio, que grava más a las grandes fortunas. El presidente del Principado defiende el paraíso natural pero rechaza que la derecha contable y terrateniente le quiera llevar al huerto del paraíso fiscal, que es manzana reineta con gusano dentro.

La insularidad impositiva de Asturias, región con el agua al cuello, sirve a un juego ideológico, impostado y truhán, de pobres y ricos, de buenos y malos, de insolidarios y generosos, de cheques bebé y exorbitados dividendos, de cajas de seguridad en un banco y de no me llega para la hipoteca.

Hay en esta región quien se conforma con vender las excelencias del paisaje, la gastronomía y el turismo, como si Asturias fuera Shatt al-Arab, la tierra fértil del Paraíso Terrenal, tal que las desembocaduras del Nalón y del Narcea conformaran el vergel del Tigris y el Eúfrates. Hay quien busca fiscalizar el paraíso natural y quien pretende naturalizar el paraíso fiscal y en ese debate andamos enzarzados mientras la región se desangra, pendiente de una necesaria cirugía territorial que sufre también los achaques de la elevada lista de espera. Hay tantos asuntos pendientes de resolver como asturianos aguardando fecha para el quirófano.

Uno se queda, sin embargo, más tranquilo escuchando a Barbón que seguirá cobrando el impuesto de Patrimonio para escarnio de los ricos, adoradores del becerro de oro. El profeta de Laviana nos sacará de la aflicción para conducirnos a la tierra de promisión, fotovoltaica y eólica, donde mana leche, miel e hidrógeno verde (Éxodo, 3:17).

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