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Francisco García

Aritmética en el Reino de Jauja

En la puerta de la Academia de Platón lucía una inscripción: “Aquí no entra nadie que no sepa geometría”. Abrazando un platonismo 2.0, Adrián Barbón le enmienda la plana a uno de los padres de la filosofía y en lugar de emplearse en resolver los ángulos del triángulo Oviedo-Gijón-Avilés, la longitud de una curva del corredor del Navia o la superficie del cilindro de la regasificadora de El Musel, impone la aritmética al debate presupuestario, que recién se inicia. En el círculo virtuoso del presidente asturiano tienen prohibida la entrada quienes no asuman la orientación de sus números.

En la república ideal que propugna el prócer, dificultoso resulta augurar un gran acuerdo para que salgan airosas las cuentas de un ejercicio, el próximo, crucial para acometer con firmeza y decisión el futuro inmediato de Asturias. Con el presupuesto más elevado de la historia a costa del maná europeo y el engorde de la recaudación, convendría un esfuerzo de todas las siglas políticas para llegar a un máximo común que reúna iniciativas plausibles de todas las sensibilidades encaminadas a procurar el bien común. Ello obliga a todos a dar a torcer el brazo propio en lugar de retorcer el del contrario, por una vez y sin que sirva de precedente. Para hacer posible ese objetivo, al Gobierno se le exige aplicar los designios de Platón: decisiones justas, prudentes y sabias. Y anteponer la virtud por encima de la pasión.

Rumiará el lector estas líneas y pensará que lo que se plantea es una prolongación idílica del imaginario Reino de Jauja o el País de La Cucaña que llevara al lienzo Pieter Brieghel. Cierto, pero alguna vez y en algún momento en este país y en esta región los que mandan y los que aspiran a hacerlo deberían aparcar las zarandajas y sentarse serenamente a negociar un gran pacto que nos ayude a salir indemnes del atolladero.

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