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Pere Casan

La generación del "quiet quitting"

La "renuncia silenciosa", una forma de asumir las relaciones laborales que afecta a los trabajadores más jóvenes

No existe una traducción sencilla para este concepto. ¿Renuncia pasiva? ¿Cumplimiento estricto? ¿Hacer solo lo obligatorio?, siempre en relación al lugar de trabajo. Se trataría de efectuar estrictamente lo estipulado en el contrato laboral, sin un instante ni un esfuerzo añadido. Desempeño lo pactado pero no me pidas nada más.

Consiste en una idea que está calando ya en ciertas edades y en algunos países, especialmente en Estados Unidos, quizás acentuada por la pandemia vírica y la precariedad laboral. El principal objetivo sería establecer unos límites claros entre la dedicación al trabajo y el resto de la vida. La entrega casi absoluta al mundo del trabajo dificulta la conciliación familiar, reduce el tiempo de ocio, es causa de ciertas enfermedades físicas y mentales y, además, en muchas ocasiones, no es compensada adecuadamente por parte del contratista. En consecuencia, debería evitarse.

De entrada, esta nueva visión produce una ligera sonrisa entre las personas de cierta edad o entre aquellos que tuvieron o tienen la enorme fortuna de disfrutar con su trabajo. El concepto no está relacionado con los tipos de trabajo más pesados, aburridos o menos creativos, o entre aquellos que únicamente se hacen a cambio de una compensación económica. Este movimiento es más generacional y se dirige a todos los tipos de actividad. La idea inicial surgió de la red social TikTok y desde allí se ha ido ampliando a otros colectivos. Su objetivo actual es prevenir el denominado "workaholic" o adicto al trabajo, que tantas empresas han contribuido a crear, generalmente sin una compensación económica ni promocional que premie el esfuerzo realizado. La generación de nuestros hijos contempla las enormes dificultades actuales para ascender en la escala social y, en muchos casos, se pronuncia a favor del "quiet quitting", antes de caer en el denominado "Síndrome de la vida ocupada o del Hámster" (conjunto de síntomas, con afectación de la memoria, fruto de un estilo acelerado de vida relacionada con el exceso de dedicación al trabajo).

Personalmente, siempre mantuve la idea que las cosas no funcionan correctamente si se hace solo lo obligatorio. Para el tipo de profesión que yo elegí, son necesarios los extras. No solo de tiempo presencial, sino de pensamiento en horas libres, de búsqueda y lectura, de reflexión, de cambio de impresiones, o incluso un poco más lejos, con la obligación de lo que se denominan "guardias" (nunca suficientemente compensadas). Tuve la enorme fortuna de no mirar nunca el reloj para la hora de salida y de confundir mi trabajo con mi pasión. Si solo se cumple con lo pactado en el contrato, será necesaria una dosis muy elevada de rigor y de autoexigencia para alcanzar los objetivos. Esta idea no es solo aplicable a la medicina. Cualquier actividad que se precie requiere una implicación y un sentido de pertenencia al grupo con el que actúas, que generalmente no puede hacerse con el simple cumplimiento de un horario.

No todos los países ni todas las culturas tienen de origen el mismo sentido del deber. El nuestro es un país que empieza el trabajo tarde y termina un rato antes de lo previsto, que dedica unos minutos al desayuno, a la tertulia o al aperitivo, y el cumplimiento del horario estipulado es una rareza más que una norma. Y qué decir además de la productividad, que en España está por debajo de la media europea.

De todas formas, este movimiento nace a partir de una dedicación temporal excesiva al trabajo, que ha motivado una seria reflexión en nuestra juventud. ¿Para qué tanto afán si no conseguiré ascender en la empresa? ¿De qué me servirá tener dos o tres maestrías si no alcanzaré un sueldo elevado? Tantas horas en la oficina me impiden ver crecer a los hijos. Todo ello ha promovido esta reflexión que se concreta en una nueva forma de hacer. Es más, yo diría que se trata de una nueva manera de ser. La generación de nuestros hijos difícilmente alcanzará las cotas que pudimos ascender en la nuestra y ello obliga a un nuevo planteamiento existencial.

De todas formas, si queremos resolver los grandes retos que el mundo actual nos depara, si queremos disponer de vacunas contra las enfermedades infecciosas en un tiempo record, si deseamos poseer nuevos medicamentos para resolver el cáncer, si esperamos que el calentamiento global no nos disuelva como el azúcar en el café con leche, no nos bastará con la estricta dedicación pactada. Será necesario siempre este poquito más que ha hecho avanzar a la humanidad. Sin un importante sentido de pertenencia y sin un estricto sentido de continuidad, que nos recuerda nuestra insignificancia, todo ello unido a una necesaria dedicación (en el tiempo y forma que nuestras circunstancias de cada momento permitan), no será posible seguir avanzando. Como decía el sabio filósofo griego Diógenes el Cínico (412-323 A.C.) "El movimiento se demuestra andando". O como terciaba mi abuela, no menos sabia pero no tan cínica, "el trabajo siempre lo han hecho los cansados".

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