Opinión
Irene va de montería
Contra la ley Trans
La ministra de Igualdad, Irene Montero, se va de montería con la ley Trans. Los monteros eran los encargados de servir al rey en las cacerías. Ahora los reyes no cazan. Los serios. Alguno lo hace a escondidas. La ministra, republicana, de Podemos, junto a su gente, por ejemplo la secretaria de Estado de Igualdad, Ángela Rodríguez, apodada "Pam" (que no sé si le viene de la onomatopeya del disparo: pim, pam, pum, porque lo hace en todas las direcciones) va contra los abogados por pedir rebaja de condenas por violación según eso del "solo sí es sí", porque la nueva norma impone menores penas por delitos sexuales, es una de las redactoras. Una ley Trans que el PSOE ha enviado al Congreso por iniciativa de Podemos, y ahora muchos de sus miembros se arrepienten, otros la critican, como hizo un ilustre del partido, Felipe González: "las malas compañía traerán un castigo electoral". No hace falta más explicación.
Entre Montero y "Pam" han redactado una ley para el cambio de sexo por la que un adolescente de 16 años puede ir al Registro Civil y decir que en vez de llamarse Manolito, en adelante, se llamará Manolita. En realidad el cambio parece pequeño, apenas una vocal, precisamente la que identifica en muchos casos, no en todos, el varón de la hembra: guapo guapa, fea feo. Pero el fondo de la cuestión no es solo el nombre, sino la persona, la identidad fisiológica y psicológica. Según la ley a los 14 años un niño puede cambiar de sexo si va acompañado por sus padres. Y a los 12 años puede hacerlo con autorización judicial. Compadezco a los jueces metidos en semejante embrollo. Porque en esto no hay ni valoración sanitaria ni psicológica. El de 14 puede pedir que le corten el pene porque dice que se siente niña, y si se arrepiente, a ver dentro de unos años qué colgajo le injertan allí para el resto de su vida.
Esto se ha convertido en una moda fomentada por grupos minoritarios que quieren hacer el mundo a su imagen y semejanza. Vamos, como pequeños dioses de andar por casa. Una moda que no es como ponerse un tatuaje o un herraje en la nariz, que en mi pueblo llamaban "ñarigón", narigón en español, y sirve para sujetar al ganado bovino por el dolor que les causa cuando le tiran de él. Pero las consecuencias del cambio de sexo que nos ocupa lo analiza con conocimiento de causa la filósofa Amelia Valcárcel, destacada miembro del PSOE, que afirma "ser una norma arcaica y malvada. Llevo en el Consejo de Estado 16 años y es la primera vez que veo una ley que afecta a varias leyes orgánicas, a preceptos constituciones e, incluso, a la forma de Estado", declara en el diario "El Mundo".
Podemos, promoviendo esta ley, lanza un torpedo en la línea de flotación del mismísimo PSOE con el que forma gobierno en España. Y el actual presidente, Pedro Sánchez, tiene que decidir cuál va a ser su línea política en adelante. Porque sus socios, con la metástasis ideológica imbuida por la ministra de Igualdad, están cortando la hierba bajo los pies del partido sanchista. Algunos países nórdicos han dado marcha atrás en este proyecto, sobre todo, cuando se trata de inyectar hormonas a los adolescentes para inclinarlos hacia un sexo o el otro. Hasta el Consejo General del Poder Judicial ha criticado este planteamiento. Lo mismo que el gremio sanitario, que tendría que bregar con el asunto si los cambios fisiológicos se llevan a efecto, la mayoría de ellos irreversibles, o con secuelas físicas para toda la vida, como dije antes.
El mocerío adolescente e imberbe está siendo manipulado por una minoría modernista y podemita a la que llaman progreso y de la que se deducen complicaciones sociales, familiares y políticas, como si no hubiera nada más importante de qué preocuparse. Por ejemplo, de los bancos de alimentos, que están a rebosar, pero de pordioseros de tercer orden, que no llegan a fin de mes y van allí para aprovisionarse todos los días de comida. Porque, mirándolo desde un punto de vista de lo que llamamos primer mundo, o la Europa democrática etcétera, los bancos de alimentos no son otra cosa que las cartillas de racionamiento que hay en los países de Centroamérica, migajas para el hambre, como en Cuba, donde ya están retirándolas.
Mientras tanto, aquí estamos dándole vueltas a la forma de mear, si de pie o sentado. Como si fuera un problema de primer orden, y no es más que un capricho medio burgués, que ni es socialismo ni es nada de nada, una gansada forrada de empecinamiento por dar poder, a modo de consorte de gobierno, a quien no sabe ejercerlo, y derrocha ridiculez. Hay miembros del PSOE que se levantan contra la coalición de gobierno como Ángeles Álvarez, portavoz de Igualdad de este partido, que dice "estar dispuesta a romper el Gobierno por este motivo". Tal vez quiso decir, y no se atrevió, convocar elecciones generales ya. Porque aguantar doce meses más con una piedra en el zapato, como es Podemos, criando una herida de complicada curación política, no sé si le merecerá la pena al PSOE. Porque este ministerio de Igualdad es un filón de felonías. Una manera de mantenerse en el púlpito económico de los setenta mil euros al año. Sin olvidar a la trepa Yolanda Díaz, que quiere estar en todas las romerías que le monta Podemos al Gobierno, llamada también la cariñosa, ¿han visto en una foto cómo coge la cara de Sánchez con la mano mientras lo besa? Eso no es propio de colegueo de gobierno, ni de familiaridad entre cuñados, es más bien el beso de Judas. Y todo por un váter. Que si el niño tienen que orinar de pie o sentado. La ministra Montero mejor se asomaba por la ventanilla de su cochazo ministerial para ver las colas del hambre que hay en Madrid. A lo mejor ya las vio y esbozó esa risilla malévola que la caracteriza.
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