Opinión
Alicia Vallina
El muerto agradecido
Las abundantes tradiciones y los personajes terroríficos de la noche de las ánimas
Para los antiguos solo existían las estaciones de luz y las de oscuridad. Antaño todo era uno, fruto de la misma existencia y del mismo sino, ya que lo único sobre lo que el ser humano tenía absoluta certeza era sobre su nacimiento y sobre su muerte. El resto formaba parte del destino, de la suerte o casualidad, de la desgracia o del infortunio. Así, la frontera entre vivos y muertos, entre luz y oscuridad, no era una enorme grieta insalvable sino un tránsito natural hacia el más allá. De este modo, era imprescindible mantener contentos a los muertos para evitar que volvieran a cobrarse deudas no saldadas o a devolver las malas acciones que padecieron en esta vida. Los vivos debían cuidarlos, perpetuarlos y agradecerles sus favores, evitando siempre agraviarles y manteniendo su recuerdo.
En Asturias, lugar con vinculaciones especiales a la cultura y mitología celta, una costumbre muy arraigada en la festividad de recuerdo a los muertos era la de dejar un puñado de castañas (incluso se enterraban), comida o agua en la puerta de las casas de los difuntos para saciar su hambre o incluso celebrar en los cementerios, sobre las tumbas de los muertos, banquetes familiares en recuerdo de los que ya se fueron. También era una costumbre muy arraigada en toda la zona norte, especialmente durante el sigo XIX, el dejar un cubierto vacío sobre la mesa como recuerdo al difunto ausente y, tras la cena, reunirse junto al llar para hablar de los sucesos familiares acontecidos, en cuya reunión los difuntos también participaban.
Álvarez Peña o Constantino Cabal señalan en sus estudios la importancia de la presencia del fuego durante la festividad de Todos los Santos, pues solían encenderse pequeñas lámparas de aceite en las casas, que representaban a cada uno de los muertos que ya no estaban. También los niños solían vaciar nabos y, más tarde calabazas, para iluminarlas en su interior con velas y colocarlas en las puertas y ventanas de sus casas o en las encrucijadas de los caminos, donde se supone podrían aparecer las ánimas con la intención de alejarlas.
Incluso el fuego era empleado para asar castañas en el famoso amagüestu, considerándose liberada el alma del difunto cuando una castaña estallaba. El fuego acompañaba a modo de candiles, cirios o antorchas a las procesiones de almas que transitaban por los caminos. La llamada güestia, tal y como analizara Aurelio de Llano, no era más que un grupo de almas en pena que transitaban por los caminos anunciando la muerte a los pocos días o al año siguiente de quien las contemplara. Pero la llegada de la parca no solo se anunciaba de este modo, sino que era frecuente que los cantos de aves como el cuervo, la coruxa o el cárabu también fueran preludio de defunciones. Andai de día que la nueche ye mía, solía repetir la güestia a modo de letanía. ¡Y cuidado con contrariarla o atacar a estos incómodos caminantes!, pues siempre eran símbolo de mal augurio y convenía, cuanto menos, ignorarles.
En Asturias también era frecuente evitar salir a faenar la noche de ánimas ya que los marineros pensaban que al extraer las redes de la mar podían recogerlas plenas de los huesos de los fallecidos a causa de naufragios o ahogamientos.
Por otra parte, también era frecuente que los más pequeños fueran pidiendo por las puertas de las casas (pero sin disfraz) aguinaldo en forma de alimento, especialmente castañas, avellanas, frixuelos o embutidos, cantando si recibían algo: "queden con Dios señores, nosotros con Dios nos vamos hasta l’añu venideru qu’en so casa mos veamos".
Son muchas y muy abundantes las tradiciones y personajes terroríficos que estos días, y procedentes de todos los rincones del mundo, vienen a mezclarse con los vivos en una comunión ancestral que aterroriza, protege, acompaña y asusta en proporciones casi iguales. En la fiesta de los muertos se celebra la vida, su transitoriedad y fragilidad y se venera a los antepasados que duermen el sueño eterno de una nueva existencia más allá de la que conocemos. Los espíritus maléficos y los benevolentes conviven en esa unidad cósmica que consigue mantener la armonía del espíritu a pesar de los conjuros y aquelarres que, con malas artes, realizan bruxas, diañus, hadas infernales o incluso la propia guaxa que, de noche y con sigilo, se cuela por las cerraduras de las puertas para acabar con la vida de todo aquel que ose descansar.
Así que traten con respeto y veneración a sus muertos para que estos les protejan hasta que llegue el día de reunirse con ellos. ¡Y entiérrenlos sin zapatos para que no puedan salir corriendo de sus tumbas!
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