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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

Nuestros políticos

La crispación y la polarización en la vida pública no reflejan la situación de la calle

Hay un abismo cada vez mayor entre los asuntos que tan acaloradamente debaten nuestros políticos y lo que se debate en la calle. La reforma del delito de sedición, la "ley del sí es sí" o la "ley trans" son, sin duda, temas de gran calado, pero todo indica que se encuentran muy alejados de las acuciantes preocupaciones de la gran mayoría de los ciudadanos. Ya sea porque no se explica con claridad o porque poco afectan a la vida cotidiana de la mayoría.

Cunde la sensación de que se trata más bien de componendas políticas. La rebaja del delito de sedición no deja de ser una concesión a los políticos independentistas en busca de un pretendido apaciguamiento de sus aspiraciones secesionistas. Las llamadas "leyes moradas" no dejan de ser moneda de cambio para que los socios mantengan su apoyo al Gobierno de coalición. Hasta tal punto responden estos asuntos a tácticas políticas que no son pocos los socialistas que se muestran abiertamente en desacuerdo.

Es de suponer que detrás de este espectáculo público hay todo un trabajo oscuro de nuestros gobernantes y legisladores que no llama tanto la atención ni de los medios ni de la calle. Las alarmantes cifras del paro juvenil, la altísima subida de precios, la situación de nuestra sanidad, de nuestra educación, el difícil acceso a la vivienda, el invierno demográfico o el problema de las pensiones con el aluvión de jubilados que nos viene seguro que están siendo tratados con la urgencia que merecen, pero no trasciende.

Distracciones como si el presidente pasará a la historia por la exhumación de los restos de Franco o no, si la República fue un régimen de luz o de sombras, o si "filoterrorista" o "fascista" son calificativos apropiados entre nuestros diputados y senadores en nada contribuyen a mejorar el clima política. Cada vez que contemplamos el lamentable espectáculo de nuestros representantes fuera de sí, lanzándose invectivas, criminalizando al oponente, la calle se aleja un poco más.

Este alejamiento es un caldo de cultivo para los populismos de izquierda y de derecha y para las artificiosas grescas en las redes sociales. Llama la atención que se produzca precisamente cuando todos los partidos se hallan inmersos en una endémica campaña electoral, en la que se trata más de desprestigiar al contrario que de ofrecer propuestas tranquilizadoras. Los partidos están más preocupados por sus disputas internas y su situación en las encuestas que por mejorar la situación de los ciudadanos.

No es que la polarización o la crispación que contemplamos en el debate político sea un reflejo de lo que se vive en la calle. Al contrario, la polarización y la crispación se están trasladando de las instituciones a la calle, de arriba a abajo. Contradiciendo el tan repetido como acertado eslogan ideado por Fernando Ónega para Suárez: "Elevar a la categoría de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal".

Está tan deteriorada la clase política que empiezan a oírse voces en el PSOE añorando a políticos ya retirados, como nuestro Javier Fernández o, incluso, Felipe González. Ha sido llamativa la enorme sorpresa con que ha sido acogida la elección como candidato del PP en Asturias de Diego Canga, un europeísta moderado, de amplia trayectoria como gestor y alejado de las trifulcas partidistas.

Alguien dijo que la política está para solucionar problemas, no para crearlos. La incapacidad de los dos principales partidos para llegar a un acuerdo sobre el Poder Judicial es un buen ejemplo. Convertir la elección del Consejo General del Poder Judicial en una irresoluble disputa política sólo contribuye a aumentar el desprestigio de la justicia entre los ciudadanos.

Ese divorcio de políticos y ciudadanos ha llamado la atención del prestigioso "The Economist". En su último número, se pregunta por qué los españoles valoramos peor nuestro país que los extranjeros. El semanario llega a la conclusión de que el problema es la política. Para sustentarlo, cita un estudio del Real Instituto Elcano según el cual España se encuentra entre los cinco países, de un total de 24, en el que sus ciudadanos tienen peor percepción de su país. Sólo el 8 por ciento confía en los partidos y un 22 en el Gobierno, muy por debajo del resto de Europa. Deberíamos tomar nota todos. Los políticos y los que los elegimos.

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