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Francisco García

Barbón, burocracia y demagogia

Acaba de pronunciarse el oráculo de La Chalana para señalar que una de las prioridades para el año próximo es culminar la “guerra a la burocracia”, declarada como tal en el verano de 2020, a bombo y platillo y generosa suerte de trompetería, por el vicepresidente Cofiño, paladín de la causa de la optimización de los recursos de la administración regional. Han pasado casi tres años de ese supuesto esfuerzo bélico y ¿qué hemos sacado en claro; que se ha avanzado en semejante empeño? Poca cosa, por no decir nada: tiros de fogueo y pólvora en salvas. Resolver semejante problema no lo resuelve Barbón ni sacando a las calles a la Brunete.

En la Italia de los Borgia hubo traiciones palaciegas, envenenamientos, matanzas… pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza tuvieron 500 años de paz y democracia y cuál fue el resultado: el reloj de cuco. Pues lo mismo en la Asturias de Barbón, donde se dormita el sueño de los justos. Los relojes se pararon a la hora de la siesta y solo se administran infusiones de adormidera. Aquí ni el cuco da las horas. La banda sonora de la región corresponde a María Jesús y su acordeón: pajaritos por aquí, pajaritos por allá y volarás.

Claro está que la responsabilidad de esta inacción que coarta el desenvolvimiento natural de Asturias corresponde a “la autocracia y a los burócratas”, Barbón dixit, que no ve la forma de atizar a los fantasmas de los tercios que vienen de Bruselas.

A mayores, el presidente de todos nosotros recurre a la demagogia para apuntar tantos en su casillero de dudosa correspondencia. En su última comparecencia dijo que Asturias tuvo el mejor empleo en diciembre de los últimos 15 años, y con la mayor cifra de trabajadores, 372.500, desde 2010. Si el presidente asturiano se arroga ese mérito debería en justicia ajustarse el cilicio y reconocer que cuando llegó al poder autonómico había en Asturias 68.433 empresas y ahora hay censadas poco más que 68.000. Y descendiendo.

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