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Javier Cuervo

Un millón

Javier Cuervo

Los prejuicios, a dieta

En la publicidad basura de internet hay fotos de unos extraños frutos naturales que adelgazan, según aseguran los estafadores. El aspecto es repugnante, como ojos de vaca arrancados o testículos de dromedario pelados. No se puede saber si son reales o virtuales.

Estos anuncios son la versión informática del siglo XXI de aquellos bazares por correo de las revistas populares en los años de la transición que incluían prodigios como las gafas que permitían ver a la gente desnuda. Entonces, la represión sexual o la dieta mantenían a la población más flaca y tendente al consenso.

El acierto de estos frutos es que dan asco y comerlos lleva implícito el sacrificio: quien algo quiere, algo le cuesta. Es un sacrificio mejor que el de la única regla útil para mantener el peso: gastar en energía lo que se come o comer en función del gasto de energía, una tabla de entradas y salidas que desequilibran la gula y la pereza. Sí, podría decirse por la ingesta y el sedentarismo, pero expresado en pecados capitales acomoda mejor a la culpa que llevan el aumento de peso y volumen y la mengua de agujeros del cinturón.

Adelgazar en enero pertenece a los propósitos de la enmienda e implica un castigo de dieta, de productos asquerosos o de sudadas de gimnasio. El medicamento para la diabetes que adelgaza rompe la premisa del sacrificio y entra por la química en los paraísos artificiales, en el edén del buen tipo sin esfuerzo, de la desnudez original sin operación bikini.

Para adelgazar los prejuicios no estamos dispuestos a mejorar la dieta informativa ni a pensar en el gimnasio de las ideas ni a tragar nada repugnante. Tampoco tomaríamos la pastilla que sirviera para la diabetes y, sin embargo, los prejuicios son grasa intelectual que acumulamos y para la que no se ofrece liposucción. Mucha gente no se reconoce en sus kilos pero está convencida de que sus prejuicios son su identidad. Si no es así, basta con camuflar los prejuicios en las redes sociales con filtros como los clichés morales, el postureo solidario y la elevación de mierdas personales a causas aparentes.

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