El pasado del presente

La sucesión cuestionada

La Junta General, de los Austrias a los Borbones

La sucesión cuestionada

La sucesión cuestionada / Pablo García

Josefina Velasco Rozado

Josefina Velasco Rozado

El siglo XVIII, Siglo de las Luces, que para la Asturias marginal quedaría marcado por figuras tan brillantes como Campillo y Cossío, Campomanes, Feijoo o Jovellanos, por citar los más conocidos, empezó con sombras e inseguridades. El 1 de noviembre de 1700, Día de Todos los Santos, fallecía en el viejo Real Alcázar madrileño Carlos II, el último monarca Habsburgo (Austria), la dinastía regidora de los destinos del imperio de la Monarquía Hispánica durante casi dos siglos. Con peor fama de la merecida, el Hechizado, sin descendencia, cedía al final su inmensa herencia al nieto del francés Rey Sol, hábil urdidor de las intrigas que coronarían al duque de Anjou con el título de Felipe V. No fue pacífico el estreno del primer monarca Borbón a pesar de que en dos periodos reinaría 45 años, cifra récord. En el tablero europeo la inmensa herencia del último de los Austria enfrentó los intereses de dos familiares del difunto monarca. Carlos II era tío-abuelo de Felipe y el archiduque Carlos era nieto de una infanta española y sobrino de la segunda esposa del rey. La alianza familiar franco-hispana fue mal vista por los austriacos (el archiduque siempre se consideró el Carlos III de España) y también por los ingleses y holandeses que veían peligrar el equilibrio europeo. En España se creó una "causa austracista" en la Corona de Aragón, con Cataluña como principal promotora considerando más favorable a su autonomía y comercio al Archiduque que al francés, cuyo centralismo habían comprobado entre 1640 y 1652 cuando se desligaron de España. La Guerra de Sucesión tuvo escenarios en Europa y en la Península.

El Principado de Asturias, territorialmente aislado entre las montañas y el mar, había tenido un siglo XVII complicado en lo demográfico, aunque parecía ir recuperando tono poblacional y vital, con el freno al hambre propiciado por la aclimatación del maíz, con una Universidad y una nobleza que hacían de la capital algo más que un poblachón y veían el renacer de las villas portuarias. En el escenario turbulento inicial de la centuria luminosa, la tradicional Junta General del Principado de Asturias estaba presidida por el último corregidor nombrado por Carlos II, el madrileño Blasco de Orozco que había gobernado ya Ávila y era oidor en la Real Chancillería de Valladolid de la que dependía judicialmente Asturias. Fue nombrado gobernador en julio de 1700 y convocó su primera reunión de Junta General en verano. No era fácil para estos altos funcionarios regios, con competencias ejecutivas, judiciales y militares, hacerse con el control de las reuniones de la Junta en la que estaban representadas las principales casas nobiliarias y alto clero, simulando ser los valedores de los concejos por los que se hacían designar procuradores y con unas tensiones territoriales evidentes. Los Toreno, alféreces mayores del Principado, los Camposagrado, Santa Cruz, Valdecarzana y otros apellidos ilustres, además de la Mitra al frente de sus concejos de Obispalía, se repartían el control y la dirección política de la Junta General y de la diputación que se elegía para gobernar entre Juntas.

La diputación recibió en noviembre las copias del testamento de Carlos II tras su muerte y la notificación de los gobernantes del reino hasta la llegada del nuevo monarca. En diciembre de 1700 desde la Corte se ordenó alzasen pendones y estandartes por el nuevo rey describiendo las actas la detallada "Relazión de la forma en que se lebanttó el estandartte en esta ciudad de Oviedo por el rey nuestro señor don Phelipe Quintto (que Dios guarde)". Así sabemos que el 16 de diciembre de 1700 la capital fue escenario de un espectáculo al que estuvo atento el vecindario entero. Cien arcabuceros con sus mandos, caballos enjaezados y tambores y los máximos representantes políticos, sociales y religiosos procesionaron entre salvas y estruendos desde el Fontán a Cimadevilla, pasando por la Plaza del Ayuntamiento, la calle Ferrería (hoy Mon), la Corrada del Obispo, la Catedral y la Fortaleza (Porlier) exhibiendo el estandarte real. Era la escenificación regional de la entronización de Felipe V.

Pero pronto la guerra sucesoria desencadenada cercaría las costas andaluzas y levantinas, así que solicita desde Madrid apoyo económico y formación de milicias. Parte de los impuestos sobre el vino y la sal, productos que daban buenos réditos al fisco, se destinaron a la guerra para comprar armas. El año de 1702 es ya de intranquilidad. La causa del archiduque Carlos se concentra en Cataluña, pero no le faltan seguidores en otras zonas y las potencias que lo apoyan incrementan su presencia.

A finales de enero de 1703 el Ayuntamiento de Gijón remite al corregidor una extensa carta sobre "las repetidas notizias que cada día se continúan de que yngleses y olandeses azen el mayor esfuerzo en la prebenzión de numerosas armadas que destinan a la ynbasión de estas costas"; y como las dos extensas playas de la villa (el arenal de San Lorenzo y zona actual del Fomento) son muy a propósito para desembarcos grandes piden refuerzo en la defensa "ofreziéndonos a ella todos los naturales como primeros obligados con vidas y aziendas hasta el último aliento". Blasco de Orozco remite un memorial a Madrid. Se hacen levas de soldados que se destinarán allá donde fueran precisos. Suben los impuestos y los precios y escasean ciertos productos. Es "la economía de guerra". La posición del Principado de Asturias en el conflicto no ofrece dudas y por ello en noviembre de 1703, se lee la "carta de don Manuel Arias y Porres, presidente de Castilla y arzobispo de Sevilla, al Principado transmitiendo el agradecimiento del Rey por la lealtad manifestada por el Principado ante las injustas aspiraciones al trono del archiduque Carlos".

En esta situación de inestabilidad del reino, no son asuntos menores los de índole regional que ocupan largas reuniones de mañana y tarde en la diputación: la reticencia a la recluta de soldados, pues quedan las tierras sin brazos; la regulación del comercio de grano, la reparación de la fortaleza de la capital, de puertos y caminos inutilizados cada vez que llovía o nevaba, las protestas de vecinos que se creen infrarrepresentados. Lena exige arreglo de vías; Villaviciosa, Teverga o Ibias y los concejos de Obispalía (muchos) protestan por su poco peso en las decisiones de la Junta. Todo ello complicaba el gobierno del corregidor, pillado entre fuegos cruzados de intereses.

En mayo de 1704, tras casi cuatro años de gobierno –más de lo previsto– Blasco de Orozco es sustituido al frente del gobierno de Asturias y de la presidencia de su Junta General ante la que había prometido su cargo, como era obligado. Enfrentó tres reuniones de Junta en pleno y cuarenta y siete de diputación. Volvería a la Chancillería de Valladolid y sería fiscal del Consejo de Cruzada. Fallecería en 1741 dejando una descendencia muy prolífica.

El Principado de Asturias recibiría pronto a un nuevo corregidor. Y la guerra continuaría condicionando la vida nacional y regional. Pero ese es otro capítulo.

[Colección Actas Históricas de la Junta General del Principado de Asturias. Libro de actas del 26 de agosto de 1700 hasta 21 de mayo de 1704 (próxima edición)]

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