Don Carnal, grupal y ritual

Durante la festividad del Carnaval se celebraba la matanza del cerdo, se comía sin mesura y solía invitarse a amigos y conocidos

Alicia Vallina Vallina

Alicia Vallina Vallina

Para alguien que como yo nació un sábado de "migayes", el Carnaval, con sus excesos y algarabía, resulta, más que una mera celebración popular, un instrumento referencial de la representación del mundo, donde el poder igualatorio del disfraz y la máscara solo es comparado con el que ejerce la parca que, con su guadaña afilada, siega inmisericorde la carcajada.

La fiesta, para ser considerada como tal, ha de tener una manifestación no solo ritual sino también grupal, donde exista una cierta organización y un importante grado de jerarquía. En el caso de las celebraciones populares, estas suponen una alteración del tiempo tradicional para convertirse en una novedad que vulnera las concepciones habituales de orden y jerarquía.

Si bien el Carnaval veneciano es el más significativo por tradición y reconocimiento a nivel mundial y el de Cádiz, en nuestro país, el más estudiado y analizado, el caso asturiano posee ciertas peculiaridades. En Asturias, al Carnaval se le conoce popularmente como Antroxu, Antruejo, Antruido o Antroido.

El primer día del Carnaval es el Jueves de Comadres, una celebración de festejo en toda Europa, pero especialmente significativa en Asturias. Las mujeres se reúnen para merendar, cantar y bailar el jueves anterior al Martes de Carnaval. Parece que su origen se puede encontrar en las Matronalias romanas, celebradas en honor a Juno Lucina, diosa de la maternidad, del parto y, por extensión, de todas las mujeres. En estas celebraciones, las mujeres solían recibir regalos de sus esposos e hijas y celebraban una serie de rituales en el templo dedicado a la diosa y situado en la colina del Esquilino, una de las siete de la antigua Roma.

En Gijón, durante el Jueves de Comadres, las mujeres celebraban una merienda de prau a las afueras de la ciudad, donde se comía, bebía y bailaba. A este día seguían el Viernes de Comadrines, el Sábado de Migayes y el Domingo de Migayines, en los que se disfrutaban, con iguales características, de las sobras de las meriendas anteriores. En la localidad de Pola de Siero, esta festividad es especialmente celebrada en la actualidad, ampliándose al ámbito masculino en la celebración denominada de compadres. Tras el Domingo de Migayines o Domingo Gordo se celebraba el Lunes de Quincuagésima y el Martes de Carnaval.

Balbín de Unquera y Menéndez Pidal escriben, en la revista "La Ilustración Gallega y Asturiana", el 18 y 28 de diciembre de 1881 respectivamente, dos artículos sobre los personajes más relevantes del Carnaval: los llamados zamarrones. Acompañándolos iban algunos personajes vestidos de mujer que recibían el nombre de aguilanderas, cardonas o ceniceras. Muchos de los acompañantes de estas comparsas solían ser actores. Estos formaban parte de una cuadrilla o agrupación que se componía de un sinfín de personajes, entre los más destacados: Blancón, joven vestido de blanco con enaguas femeninas que llevaba una escoba y una rama de acebo, el maragato, el médico, el boticario, el afilador, galanes y damas, el lazarillo, el ciego, el tonto, los gitanos, el oso y el diablo.

Especialmente significativo era el personaje conocido como la destrozona, que dará título, además, a uno de los relatos más emblemáticos de Ramón Gómez de la Serna publicado en 1934. Normalmente se trataba de hombres disfrazados de mujeres, en los que se mostraba la inversión de los roles del mundo dejando a su paso desorden e inmoralidad, locura, frenesí y desconcierto.

En algunos pueblos también se incluía la figura de Marica, vieja fea y anciana que, acompañada por su marido, fingía tener dolores de parto y alumbrar un gato que luego sería corrido a palos por los asistentes al espectáculo. A todos estos personajes se les fueron añadiendo otros con el paso del tiempo, acarreando con ello una rápida desvirtualización de las mascaradas.

Con la llegada de la industrialización y el surgimiento de nuevas ciudades, el Carnaval popular fue perdiendo su idiosincrasia, aunque mantuvo algunos rasgos irónicos y punzantes que le caracterizarían hasta nuestros días. Poco a poco las diferencias entre las celebraciones carnavalescas urbanas y las rurales fueron en aumento. Las clases nobles y aburguesadas comenzaron a reunirse en salones, teatros y casinos de ciudades como Oviedo, Gijón, Llanes, Luarca y otras villas asturianas. En Gijón, particularmente típica era la celebración del entierro de la Sardina. Al anochecer se formaba una procesión de clérigos acompañados de sus acólitos transportando cruces procesionales y cirios encendidos. Cuatro individuos conducían sobre sus hombros el féretro con la Sardina, que recibía el nombre de Arenca. Los asistentes y miembros de la comitiva recitaban letanías, bebían y hacían sonar una especie de cencerros que pendían de su indumentaria, mientras otros fingían un llanto amargo por el fallecimiento de la Arenca.

La festividad del Carnaval urbano fue cayendo paulatinamente en desuso al igual que sucedería con la celebración en el medio rural, aunque de manera menos evidente. En el primer caso, lo que anteriormente eran comparsas travestidas de carácter satírico y burlesco, se convierten ahora en cabalgatas con carrozas de bellas mujeres que lanzaban a un público conformista serpentinas y confeti. Los salones, casinos y teatros de las ciudades siguieron celebrando bailes de Carnaval, pero para un público menos selecto, acompañándose de pequeñas orquestas. Por ello, durante los primeros treinta años del siglo XX, los Carnavales asturianos perdieron relieve, acentuándose una dimensión infantil hasta entonces desconocida. Los juegos y espectáculos para niñas pasaron a convertirse en el gran atractivo de una fiesta que había perdido su carácter mordaz de otros tiempos. Tras la Guerra Civil se decreta la suspensión del Carnaval y no será hasta el periodo democrático cuando se experimente un lento renacer de esta fiesta en Asturias. En la actualidad la fiesta del Carnaval tiene un marcado carácter institucional ya que la organización corre a cargo de las comisiones de festejos de cada localidad. En el caso de Gijón, el desfile del Antroxu, celebrado el Martes de Carnaval, recorre, desde la calle del Marqués de San Esteban, los lugares más céntricos de la ciudad. Esa misma noche, el entierro de la Sardina o entierru la Vieya congrega una gran procesión de devotos que, saliendo del paseo de Begoña, llega al muelle, donde será arrojado, cubierto con la bandera de Asturias, el sepulcro de la Arenca tras la lectura de unos versos.

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