Opinión | Le Fumoir
La noche que murió Hugo Chávez
Las protestas de París
José Luis de Vilallonga, insigne parisino de adopción, hablaba en sus magníficas Memorias de "esos días en los que uno se esfuerza por no odiar París". Son estos unos idus de marzo de mucha convulsión junto al Sena, de huelgas y manifestaciones, de colère no resignada contra el Gobierno, de catilinarias en el Parlamento y basuras acumuladas en las calles, desechos que por la noche son pasto de incendios provocados por jóvenes pirómanos con banderas rojas y capuchas negras que, desde hace unos días, saben que van a tener que trabajar más años para poder jubilarse. Esas imágenes de hogueras por doquier no son raras en una ciudad que vive episodios recurrentes de revueltas y sobresaltos políticos desde el siglo dieciocho. París está en Fallas, y los sindicatos no parecen querer indultar al ninot de Macron. Quizá llevo aquí tiempo suficiente para que nada de eso me sorprenda. Quizá llevo aquí demasiado tiempo. El caso es que, viendo esas piras en las calles, los juegos de la mente me llevaron por contraste a otro tiempo y al mismo lugar, hace exactamente diez años. Marzo de 2013. Aquel invierno fue especialmente rudo. Mientras cenaba en casa de una amiga, se puso a nevar. Y nevó sin tasa. En apenas media hora, el asfalto desapareció bajo una colcha de lo que parecía carne de coco. Terminada la cena, eché a andar por la rue Saint-Dominique hacia mi casa. No se veía un alma, y me entró algo de vértigo en la soledad no buscada de aquella noche clara. Miraba al suelo para no resbalar, para no tropezarme. Era el blanco perfecto de cualquier francotirador de aquel improvisado "Sniper strip" con aire de Sarajevo, pensé. De pronto, algo en la pared me llamó la atención. Era una de esas pequeñas hornacinas rectangulares que se ven a veces en esta ciudad, cajetines a la altura de los ojos donde una mano invisible desliza por las tardes una hoja de periódico con una mancheta en grandes letras negras. Recuerdo que el diario era "Le Parisien". El titular, "Hugo Chavez est mort". Sabía que Chávez andaba luchando contra un cáncer, pero se me había olvidado. La noticia me resultó de repente extemporánea, y pensé en Venezuela y sus palmeras en medio de aquella nevada, de semejante perspectiva de absoluta soledad, y de pronto la escena se volvió una bella página de realismo mágico. La nieve trae siempre consigo un silencio sepulcral y taumatúrgico, capaz de calmar durante unos minutos cualquier congoja. Aquella ausencia de ruido en aquella calle de una metrópolis de cinco millones era un responso por el finado, un contrapunto idílico al ruido en el que vivimos. "Hugo Chavez est mort, Hugo Chavez est mort" parecía susurrar una voz mientras oía la nieve crujir bajo mis pies. Diez años después, vuelvo a casa por la misma vereda de la misma calle rectilínea. Los restaurantes aparecen hoy parapetados tras las barricadas de basura. El bullicio es total. París parece Beirut. Caos y fiesta. Es jueves por la noche, que es cuando salen los que saben del asunto. Un camarero fuma circunspecto y ojeroso en una esquina, con el ansia del que tiene que volver al tajo, acaso haciendo cálculos de los años que le quedan para mandar a su jefe a tomar por culo. No le salen las cuentas. Tira su colilla y la aplasta como quien mata una cucaracha. Un conductor toca el claxon, atrapado en el único carril de circulación, mientras una rata corre asustada a refugiarse bajo el confortable plástico negro de las basuras. Del restaurante sale un tipo con pelo de rico y el teléfono pegado a la oreja, con una modelo de rostro atribulado, mucho eyeliner y tacones de femme fatale. Se suben con destino conocido en una berlina negra larga como un día sin pan, conducida por un chófer con gorra de plato y maneras de bailarín. Mientras tanto, en República, varias paradas de metro más al norte, miles de personas ocupan la plaza gritando sin júbilo por su jubilación. Hoy el futuro les parece algo más triste. Hugo Chavez est mort.
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