EDITORIAL

Las enseñanzas que deja la oleada de incendios

Es hora de reconocer y valorar la impagable colaboración de ganaderos y agricultores en las labores de extinción, que en los momentos más crudos del ataque de las llamas llegaron a ser extenuantes

Dos agentes del Seprona de Vegadeo recogen pruebas del incendio de Sampol (Boal). | David Suárez Fuente

Dos agentes del Seprona de Vegadeo recogen pruebas del incendio de Sampol (Boal). | David Suárez Fuente

Un viejo proverbio dice que el fuego nunca es un maestro gentil. Reconozcamos que todo magisterio ofrece enseñanzas, aun en las situaciones más duras, como las acaecidas en esta comunidad autónoma a raíz de una inesperada oleada de incendios que durante la última semana de marzo y las primeras de abril han calcinado cientos de hectáreas en Asturias, una de las mayores potencias forestales de España. El setenta por ciento del territorio autonómico es superficie arbolada, superando las 765.000 hectáreas, con más de 700 millones de árboles, como señala el borrador de la revisión del Plan Forestal de Asturias 2021-2036. Un valor que exige cuidados, que merece preservarse y que se ha visto gravemente amenazado durante unas terribles jornadas en las que el avance imparable de las llamas estremeció a la región.

El azote de los incendios forestales, con 30.000 hectáreas arrasadas, ha puesto de manifiesto las terribles consecuencias de la falta de limpieza del monte en Asturias, un bien económico que genera en los concejos rurales una importante ayuda económica a propietarios y ayuntamientos. El abandono de los terrenos es una de las consecuencias del envejecimiento de la Asturias que se vacía, lo cual resulta más evidente en el Occidente, curiosamente la zona más afectada por el fuego. Nadie atendía el cuidado comunal de las masas arbóreas con mayor esmero que los paisanos de aldeas y pueblos, beneficiarios en muchos casos del rendimiento de las talas. Algunos pequeños propietarios han visto estos días, con enorme dolor y sin poder hacer nada por evitarlo, cómo ardía una de sus fuentes de ingresos, una especie de plan de pensiones para las familias que permanecen en el medio rural.

Una de las enseñanzas que ha dejado la lengua de fuego que ha calcinado cientos de hectáreas de monte es la necesidad de dotar de más efectivos y mejores medios a los parques de bomberos. Los equipos de extinción, que trabajaron sin descanso en el intento de sofocar fuegos que en alguna de las jornadas más terribles superaron simultáneamente el centenar, se quejan de la pérdida de personal en los últimos años. Según los representantes sindicales de este colectivo profesional, llegó a haber 90 bomberos en 19 parques en Asturias y ahora se contabilizan 70.

En medio de esa escasez de efectivos en casos de emergencia conviene reconocer la impagable colaboración de ganaderos y agricultores en las labores de extinción, que en los momentos más crudos del ataque de las llamas llegaron a ser extenuantes. Son los mismos que en alguna ocasión han sido señalados por el dedo acusador como responsables directos de algunos de los fuegos desatados y que ven cómo su modo de vida se va estrechando. Urge en este sentido un reequilibrio entre las políticas conservacionistas y la actividad agroganadera tradicional, que no parezca que la Administración hace más por la protección de especies salvajes como el lobo que por apuntalar usos ancestrales del campo asturiano que van camino de perderse.

Todos debemos obtener lecciones de las trágicas jornadas que Asturias ha sufrido, cuyo coste en pérdidas económicas aún está por evaluar pero que la patronal FADE estima inicialmente en más de cien millones de euros. En primer lugar, caiga con rotundidad el peso de la ley sobre pirómanos e incendiarios que han encendido la pira, tras descartar la investigación que haya habido "acciones organizadas de terroristas del mechero", como aseguró el presidente del Principado, poniendo en el disparadero a los hombres del campo. Es obvio que incendios como el del monte Naranco de Oviedo o el desatado en Las Regueras fueron intencionados, sin otro objeto que causar daño, pero se trata claramente de acciones individuales de desaprensivos, no de un ejercicio convenido y premeditado. De hecho, la investigación ha determinado que el mayor de los incendios, que se originó en Tineo y se extendió, aventado por las favorables condiciones meteorológicas, al vecino concejo de Valdés y arrasó todo el monte que encontró a su paso en dirección a la costa, fue provocado por la negligencia de una quema no autorizada que se descontroló a causa de fuertes rachas de viento sur.

Es cierto que hace falta crear mayor conciencia cívica entre la población y reforzar desde el aula una educación ambiental encaminada a la prevención de los incendios, pero Adrián Barbón debería ser el primero en hacer autocrítica y reconocer que la Administración regional se ha visto sorprendida, por falta de previsión, por una oleada de fuegos que ha puesto en jaque a media región. El Presidente anunció el viernes un plan de choque para paliar el efecto de los incendios, con ayudas de 500 a 1.200 euros por hectárea de monte calcinado, sea de propiedad privada o municipal, dependiendo la cuantía del tipo de especie, la densidad forestal y la edad de los árboles. Se trata sin duda de una ayuda necesaria para quienes han perdido tanta madera por culpa de las llamas. Sin embargo, otra de las medidas apuntadas, la de ampliar de 75 a 150 metros la distancia mínima de seguridad entre las propiedades y las masas forestales, ya ha sido cuestionada tanto por las administraciones locales como por los particulares. Es momento de actualizar, a la luz de la situación vivida estos días, un plan forestal pendiente de reforma que dote al conjunto del territorio de instrumentos eficaces tanto para prevenir los incendios como para evitar que con tanta violencia e impunidad se propaguen. La solución al azote del fuego no puede ser rezar y esperar a que llueva.